P. SILVESTRE OJEA GONZÁLEZ

 

Cuadro de texto:  

Nombre:           Silvestre
Apellidos:         Ojea González

Lugar nac:        Orense
Fecha nac.         26 / 02 / 1892

Vocación:         17 / 09 / 1907
Ordenación:      23 / 09 / 1916

Limpias:           1916 - 1922

Cuenca.            1922 / 1925 / 1942

Roma:   	           1923 - 1925

Secret. Prov      1942 - 1945

Hortaleza          1945 - 1949

Visitador:         1949 - 1955 

Dir HHCC:       1955  -1963

Muerte:             03 / 09 / 1963

Quien, por años, había dirigido los destinos de la Provincia de Madrid, acababa de fallecer. Así que, era preciso nombrar su “eliseo”. Y, ¿quien podía conocer mejor las entrañas del monstruo que quien había vivido dentro?

 

Así sucedió. El responsable de tomar la decisión se fijó en el P. Silvestre Ojea González, quien, por cierto, no era ningún desconocido. Un cronista le califica de sobresaliente en ecuanimidad por haber pasado por el  rectorado  del estudiantado, como lo hace la brisa, sin  un grito. Un detalle le llama la atención, la intocable cabellera: Hasta los últimos años, -el P. Ojea- la mantuvo  íntegra. Por lo que hace al color, nunca peinó cana ya que el cuervo jamás  despegó totalmente; y, cuando el cisne quiso aterrizar,  no pudo tomar  posesión total.

 

La Provincia de Madrid era, en realidad, un monstruo. En tan enorme Provincia, nunca se ponía el sol. Las estadísticas cantaban: 40 casas, con 325 misioneros, en España. En Hispanoamérica, casas regadas en Méjico, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Bolivia, Perú... Sitios todos en los que los misioneros ejercían intenso apostolado en parroquias, seminarios y  colegios. Hasta en Asia había paúles: la Misión de Cuttak y la Provincia de Filipinas. El Visitador de Madrid era, además, el Director espiritual de las 10.000 Hijas de la Caridad españolas.

 

Evidentemente, dominar este monstruo requería capacidad. Del P. Ojea se afirmaba que hablaba poco, pero que, con su mirada, expresaba lo que callaban sus labios. Sumamente cuidadoso de no molestar a nadie prefería el bien de los demás al suyo propio. Su andar lento y pausado eran la mejor señal de su  introspectividad”.

 

De momento, su termómetro registraba excelentes calificaciones: Humanidades, en el Monte Medo, a los pies de “la Santiña”;  Filosofía, en Hortaleza y Teología en Madrid. Ordenado sacerdote, había sido destinado al Colegio de Limpias donde aprovechaba las vacaciones, para viajar a Irlanda a fin de imponerse en el inglés y ser más útil. Completó sus  estudios  eclesiásticos en Roma. Con maxima cum laude consiguió el doctorado en filosofía y teología. Acerca de esto su compañero hace el siguiente comentario: ... con su trabajo arduo, callado y constante, nos ha enseñado a todos lo que hemos de hacer en el  lugar en que nos haya colocado la divina  Providencia. Así, con la cabeza bien amueblada, el P. Ojea  regresó a casa. Excepto durante el corto tiempo en que ejerció de secretario, su residencia fueron  las casas de formación. Siempre entre libros. Ahí  le sorprendió su exaltación al visitadorazgo.

 

Que la constancia fue una de sus virtudes, podrían certificarlo la mayoría de los formandos que pasaron por sus manos. Otra de sus  preocupaciones fue un gran celo por ser cartujo en casa. Sin embargo, esto no fue óbice  para que visitara las comunidades de ultramar: Filipinas, La India y las dos Américas. Juzgó conveniente hablar con  los súbditos y enterarse de las necesidades de las Provincias filiales desparramadas por la inmensa geografía. No es cuestión de ponernos a hacer una lista de cualidades. Sin embargo, no se comprende que haya una vida de cartujo sin un alto grado de espiritualidad. Cuando el P. Ojea faltaba a la oración, era para alarmarse. ¡Muy mal tenía que estar! Su más  humana  faceta de gobernante quedó plasmada en la magnífica Casa de Estudios de Salamanca. Un hito que le recordará a las generaciones venideras.

 

Hasta los últimos años, gozó de una apetecible salud. Sólo al final, la cama  se convirtió en un púlpito desde donde predicaba la paciencia y la aceptación de la voluntad de Dios. Repetidas veces pidió perdón por los escándalos que pudiera haber dado a la comunidad. Desde Galicia, donde estaba pasando unos días de reposo junto con su hermano José, paúl, llegó la escueta noticia: el P. Silvestre Ojea ha fallecido. Era el 3 de septiembre de 1963.

 

MARTINIANO LEÓN, C. M.