
La
vocación misionera de Eugenio hay que analizarla en el entorno de la guerra
civil. Por aquellos días, a los niños
-sobre todo, a los de Navarra- les afecta la llamada “fiebre del
seminario”. Nada tiene de extraño que Eugenio, nacido en un hogar cristiano de la ribera, se contagie.
Pero, ¿por qué a los Paúles de Pamplona? ¿No sería que algún misionero
le sedujo?
Extraído
del campo, nunca dejó de amar a su terruño. Le tiraban las raíces. Así
que, cada vez que podía, volvía a
disfrutar con los suyos. Como la gente del campo, Sádaba era hombre bueno por
naturaleza. Lo mismo que la tierra de donde procedía, no hacía falta regarle
para que diera buen fruto. Desde niño, estaba
consubstanciado con el espíritu de trabajo. Apropiada envoltura de aquel cuerpo alto y enjuto. ¿Hecho de
raíces?
En el
seminario, se completó ese amor a los pobres que él había heredado de familia.
¡Que no se sentían orgullosos los Sádaba
cuando llegaban al Seminario y verificaban que las manos del san Vicente niño, que repartía harina a los pobres,
dibujado en una de paredes de la Iglesia “La Milagrosa” eran las manos de su
hijo seminarista!
Como
flores naturales, las virtudes humanas convertían a Eugenio en un ser
acogedor. Callado, silencioso, se constituía
en la expresión de lo inesperado. De tal forma que uno de sus Visitadores dijo
de él: Es el misionero más exquisito de
Al polifacético Eugenio Sádaba le
caían todas las responsabilidades. La creatividad es, sin duda, el mejor
recuerdo que nos ha dejado. En todo los ministerios brilló su buen hacer y
eficacia. Esta múltiple actividad la desarrolló en dos solos destinos: la
Parroquia “La Candelaria” (Manatí) y
En
Manatí
En
Todo era posible para quien era un hombre de fe.
Lo demuestra con su fidelidad a la oración, en lo personal y en lo comunitario. Esto le hizo
atrayente para muchos.
Es
cierto, quien había comenzado cerca de su familia con una pequeña maleta, se
iba ligero de equipaje pero lleno de ilusiones. La última de ellas, El Fondo del Pobre. Bella iniciativa de
quien tenía manos para los pobres. Los buscaba donde estuvieran: en Puerto
Rico, en República Dominicana, en Haití,
en Bolivia, en Cuba... Ya sé que si me
oyera decir estas cosas, me mandaría callar, alegando que eso es culto a
MARTINIANO LEÓN, C. M.