![]()
REFLEXIÓN ANTE EL III CENTENARIO
DE LA LLEGADA DE LOS PAÚLES A ESPAÑA
CELESTINO FERNÁNDEZ
INTRODUCCIÓN
Alguien ha dicho que en toda celebración de un acontecimiento del pasado hay, consciente o inconscientemente, tres tentaciones. La primera consistiría en festejar el acontecimiento como algo arqueológico, sin ninguna relación con el presente y con el futuro, como una pieza de museo a la que se da brillo y esplendor cada cierto tiempo. La segunda, estaría en conexión con lo que dijo el poeta palentino Jorge Manrique en las famosas “Coplas” a la muerte de su padre: que “cualquier tiempo pasado fue mejor”; y, en consecuencia, se traduciría en una nostalgia obsesiva y enfermiza por el pasado glorioso que se conmemora. Y la tercera, sería el extremo contrario: una indiferencia por el pasado complementada con un pesimismo endémico por el presente y por el futuro, diciendo, entre líneas, algo así como “celebremos este glorioso acontecimiento porque esto se acaba y ya no hay nada que hacer”.
Quiero creer que el talante con el que los Paúles celebramos el III Centenario de nuestra llegada a España nada tiene que ver con esas tres tentaciones. Nuestra celebración quiere ser sencilla, familiar, agradecida al pasado, consciente del presente e impulsora de un futuro. Y pienso que hay unas palabras en la Carta apostólica “Al comienzo de un nuevo milenio”, del Papa Juan Pablo II, que nos pueden servir muy bien de santo y seña para celebrar estos tres siglos de presencia en España: “recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro”.
Por eso, esta elemental reflexión que quiero hacer con todos vosotros no se va a quedar exclusivamente en un elenco, más o menos cansino, de fechas, datos, nombres, vicisitudes y otras cuestiones históricas, ciertamente importantes. Pretendo partir del pasado, de las raíces, para refrescar un poco nuestro ser de sacerdotes y hermanos de la Misión, para mirarnos de nuevo en el espejo de nuestra identidad y para alentarnos entre todos en nuestro presente y en nuestro futuro. Y siempre con un telón de fondo inalterable: la acción de gracias a Dios que es, en definitiva, el hacedor, el mantenedor y el impulsor de esta pequeña Compañía para su gloria y el bien de sus preferidos los pobres.
UN ÁRBOL TRES VECES CENTENARIO
Ante este III Centenario de la presencia de los Paúles en España, a todos se nos ocurre, a primera vista, una metáfora o una imagen muy tópica y manida: la imagen de un árbol centenario. Y, a pesar de ser una imagen muy recurrente y recurrida, nos viene bien para estructurar esta reflexión.
Se trata de un árbol que está ahí, vivo desde hace tres siglos, resistiendo los fríos, los calores, los vientos y alguna que otra tempestad. Se trata de un árbol con frutos gloriosos, con ramas esplendorosas, y también con épocas de sequía, con algunas ramas secas. En definitiva, un árbol con todas las luces y sombras propias de tan dilatada vida.
Y, siguiendo con esta imagen, vamos a describir sucintamente el origen y la extensión histórica de este árbol; vamos a ir, después, a sus raíces más genuinas; vamos a escrutar un poco la savia que ha vitalizado y vitaliza este árbol; vamos a repasar también brevemente sus diversas ramas; y, finalmente, vamos a intentar vislumbrar algunas pistas para su futuro inmediato.
Cinco misioneros paúles, procedentes de Italia, desembarcaban en Mataró, el día 8 de julio de 1704, y por la tarde llegaban a Barcelona. Esta es la noticia escueta de la presencia originaria de este árbol tricentenario en España.
En 1680, el Papa Inocencio XI dio una norma por la que obligaba a todos los candidatos a las sagradas órdenes a hacer varios días de ejercicios espirituales.
El presbítero D. Francisco Sentjust y Pagés, arcediano de la Catedral de Barcelona, quiso llevar a la práctica esta norma y pensó crear una nueva Congregación para este fin. Pero no encontró quien quisiera colaborar en esta obra.
En un viaje que hizo a Roma, se hospedó en la casa que allí tenía la Congregación de la Misión. Y ahí encontró lo que estaba buscando. Cuando regresó a Barcelona, el sacerdote D. Jerónimo Enveja le ofreció sus bienes para que llamase a 10 sacerdotes de la Misión y pudiera proceder a la fundación. Y cumplidos todos los trámites legales, tanto eclesiásticos como civiles, escribió al Superior de la Comunidad de Misioneros de Roma y le rogó que aceptase la fundación.
Y así, el referido día 8 de julio de 1704 llegaron a Barcelona los primeros Misioneros paúles. Dos italianos (los PP. Juan Domingo Orsese y Juan Bautista Balcone), un español (el P. Luis Narváez, cordobés) y un hermano coadjutor también español (el Hno. Antonio Camino, gallego de Santiago de Compostela). Estos dos eran los primeros misioneros españoles de la Congregación, en la que habían ingresado y emitido los votos en Roma.
Los primeros ministerios
A los pocos días de llegar, los nuevos Misioneros comenzaron la predicación de ejercicios a los ordenandos y a otros sacerdotes de la diócesis; poco más tarde comenzaron a admitir a los ejercicios a toda clase de personas. Las misiones populares tardaron un poco más, pues era necesario preparar a los Misioneros para el ejercicio de este ministerio.
Crecimiento
El buen ejemplo de los Misioneros y el fruto de sus obras atrajo numerosas vocaciones de sacerdotes seculares que pidieron su ingreso en la Congregación. Entonces fue posible la creación de tres casas más dedicadas a misiones populares, ejercicios espirituales y a hacerse cargo del Seminario de Barbastro. Este Seminario se cerró cuando la desamortización de Mendizábal. En 1836 el edificio volvió a la diócesis y los misioneros fueron desterrados.
Creación de la Provincia de España
En 1774 la Comunidad contaba con 64 miembros, entre sacerdotes y estudiantes, y el Superior General de la Congregación de la Misión creyó oportuno erigir las casas en una Provincia independiente. En 1790 llegaron a España las Hijas de la Caridad y la atención espiritual a las mismas fue un nuevo ministerio de los misioneros.
La primera crisis
Entre 1808 y 1815, el desarrollo de la Congregación y sus diversos ministerios sufrieron un notable estancamiento ocasionado por la invasión napoleónica y la guerra de la independencia.
Vuelta a la normalidad
Desde 1815 hasta 1835 la Congregación comenzó una época de florecimiento. Se aceptó la dirección del Seminario de Badajoz y se fundaron nuevas casas en Valencia y Madrid. Las misiones populares y los ejercicios cobraron un nuevo impulso y el número de vocaciones experimentó un buen crecimiento.
Nueva crisis
En 1836, con ocasión de la desamortización, la Congregación fue disuelta, los misioneros desterrados y todas sus casas confiscadas. Muchos misioneros fueron a Francia o Italia. Varios misioneros que estaban en París fueron enviados a Estados Unidos y a Siria por el Superior General.
La restauración
Por un Real Decreto de 1852, la reina Isabel II declaraba restablecida la Congregación de la Misión en España. Se recuperaron algunas casas y se crearon otras nuevas: se trató de reagrupar a los misioneros dispersos, aunque no todos volvieron a la comunidad. Se reanudaron con gran impulso las misiones populares y los ejercicios espirituales.
La revolución del 68
Las leyes del general Serrano, después del destronamiento de Isabel II, suprimieron las Congregaciones religiosas, confiscaron sus casas y expulsaron a los religiosos. Muchos misioneros fueron a París y el Superior General envió doce a Filipinas y diez a Cuba.
Nueva restauración
Restablecida la monarquía con Alfonso XII, todas las Comunidades tratan de resurgir de la ruina. A partir de 1875, la Congregación de la Misión experimentó un gran crecimiento, y, a los diez años, ya contaba con 10 casas, 63 sacerdotes, 22 estudiantes y 50 novicios. De modo especial cobraron un gran impulso las misiones populares.
En 1902 se dividió la Provincia de España en dos Provincias: Madrid y Barcelona.
Este periodo de paz se vio interrumpido, aunque no con la gravedad de épocas anteriores, a causa de las perturbaciones sociales y políticas a partir de 1930 que culminó con la guerra civil de 1936 a 1939. De todas formas, algo se pudo trabajar, con las limitaciones que imponía la situación bélica.
El florecimiento
A partir de 1940, la Congregación experimentó un notable desarrollo. Y en 1960 se tenían 39 casas, 298 sacerdotes; 429 estudiantes y 131 novicios. Fue una época de especial expansión en Cuba, Filipinas, México, Perú, Puerto Rico y Venezuela. En 1969 y en vista del crecimiento de la Provincia, para facilitar la mejor administración, se dividió la Provincia de Madrid en tres nuevas Provincias: Madrid, Zaragoza y Salamanca.
Para conocer mejor este árbol centenario, pienso que hay que ir hasta sus raíces más hondas y primigenias. Porque este árbol no surge espontáneamente en 1704. En ese año de gracia este árbol es plantado en nuestro país, pero sus raíces están mucho más atrás.
Y es que se trata de repasar un poco este “divino invento”, que diría San Vicente de Paúl. Se trata de ir hasta el mismo Vicente de Paúl, porque ahí están las raíces.
1) Un creyente que sabe leer “los signos de los tiempos”
Nos encontramos ante un hombre imprevisible, poliédrico, imposible de sistematizar. Vicente de Paúl rompe todos los esquemas preestablecidos. Camina llevado por tres instancias fundamentales: la naturaleza, la gracia y la historia. Tiene su experiencia de Egipto y del éxodo antes de entrar en la tierra prometida. Y va sintiendo cómo Dios le lleva por senderos que él antes nunca hubiera querido imaginar.
Pero, sobre todo, sabe leer lo que ocurre a su alrededor. Sabe escrutar “los signos de los tiempos”. Cuando pronuncia la frase “El pobre pueblo se muere de hambre y se condena de desesperación”, es porque tiene en cuenta toda la miseria material y espiritual en que se encuentran las gentes de su entorno. Detecta que el “hambre, la peste y la guerra” constituyen una maldita trilogía que va devorando al pueblo hasta el más absoluto despojo de su dignidad humana. Y, en medio de ese panorama, tiene la certeza de que Dios le pide algo “distinto”.
2) Una necesidad urgente
El mismo San Vicente recuerda que el origen, tanto de su vocación como de la Congregación de la Misión, está en la urgente necesidad de evangelización que tenían los pobres de Gannes y Folleville.
Aunque el contrato de fundación de la Congregación se firmó el 17 de abril de 1625, el mismo San Vicente reconoce que fue la urgencia de evangelización que tenían los pobres de Gannes y Folleville y el deseo de responder a ella -un 25 de enero de 1617- lo que le inspiró la necesidad de fundar una Compañía para la evangelización de los pobres del campo.
Unos meses después de la experiencia de Gannes y Folleville, Vicente de Paúl descubre en Châtillon-les-Dombes la íntima relación que existe entre evangelización de los pobres y caridad organizada y creadora de justicia.
3) Un doble descubrimiento
El origen, pues, de la Congregación de la Misión está en la experiencia humano-cristiana de Vicente de Paúl sobre los pobres: los experimenta como “peso y dolor”, siente en propia carne que “el pobre pueblo se muere de hambre y se condena de desesperación”, se conmueve porque “¡ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias”.
En esta experiencia humana y cristiana de los pobres descubre a Cristo como evangelizador de los pobres y a los pobres como presencia prolongada, patente y latente, del Cristo sufriente.
Este doble descubrimiento constituye la base sobre la que Vicente de Paúl construye su vida nueva, pasando de buscar sus propios negocios a buscar los “negocios de Dios”, y haciendo el voto de “darse, de una manera definitiva y sin condiciones, a Dios en el servicio a los pobres”.
Ciertamente, este árbol tricentenario no hubiera resistido demasiado tiempo si no hubiera circulado por sus más profundas entrañas una savia vital y revitalizadora. Y con esta imagen me refiero a lo más importante de la vida de este árbol: la espiritualidad propia y específica de la Congregación de la Misión. Porque pueden cambiar las situaciones históricas, pueden variar los ministerios y actividades, pueden emprenderse caminos nuevos, puede haber épocas humanamente más brillantes o más opacas..., pero no puede faltar esa savia de la espiritualidad. Vicente de Paúl diría que es el alma de la Congregación, y el alma es la vida.
1) Tres columnas básicas de la espiritualidad vicenciana
En diversas ocasiones, Vicente de Paúl emplea una frase lapidaria y sugerente: “Esta es mi fe, esta es mi experiencia”. En esa frase quiere resumir toda su espiritualidad, una espiritualidad que es fruto maduro de su fe y de su experiencia.
1) La primacía de Dios: Es la primera columna de la espiritualidad de Vicente de Paúl y de la espiritualidad vicenciana. Él ha experimentado que Dios le ha sacado de la Tierra de Egipto, que le ha conducido, a través del éxodo, a la Tierra Prometida. Vicente de Paúl sabe que ha llegado donde ha llegado no por sus propias fuerzas, sino por la mano de Dios. Vicente de Paúl se sabe perdonado, acogido, salvado, habitado por Dios Padre. H. Bremond dice: “No son los pobres los que llevaron a Vicente de Paúl a Dios, sino que fue Dios quien llevo a los pobres a Vicente de Paúl”.
2) Cristo, vida de nuestra vida: Se puede decir que el núcleo central de la espiritualidad vicenciana está en la contemplación de Cristo anonadado, que se hizo pobre para salvarnos. La fuente de la espiritualidad de Vicente de Paúl es Cristo. Pero, dentro de la totalidad de Cristo, Vicente de Paúl selecciona tres rasgos que constituyen lo que llamamos la “cristología vicenciana”: Cristo, adorador del Padre; Cristo, servidor del designio amoroso del Padre; Cristo, evangelizador de los pobres. Estos tres rasgos de Cristo constituyen la raíz específica y original de la espiritualidad vicenciana.
Todos los demás elementos de esa espiritualidad son como un despliegue de esos tres rasgos de Cristo. No es que Vicente de Paúl ignore otros rasgos de Cristo, pero como no puede abarcarlos todos, se fija especialmente en esos tres porque están en la línea de su vocación y de su misión, y, además van a ser los puntos clave de la vida de las Instituciones que él fundó.
3) La pasión por los pobres: Desde la primacía de Dios y desde el seguimiento radical de Cristo, Vicente de Paúl incorpora a su espiritualidad lo que es más original en él en comparación con otras espiritualidades de su tiempo: los pobres. Se trata de una opción preferencial (más bien, habría que calificarla de exclusiva) por los pobres. Se puede decir que los pobres fueron su pasión dominante. A los pobres los ama sin romanticismos; con calor, inteligencia e identificación; desde sus heridas y desde el seguimiento de Jesucristo; dispuesto a pagar el precio necesario; uniendo a cuantos más, de toda condición, a esta “tarea divina”; desde las dos categorías complementarias del amor cristiano: la curativa y la preventiva; y con agradecimiento. Sabiendo que son “sacramento de Cristo” y “nuestros amos y señores” y que nosotros no somos dignos de prestarles nuestros humildes servicios.
Algunos jalones de esta espiritualidad
1) Una espiritualidad de encarnación
Es una espiritualidad hacia abajo, es dinámica, es conforme a una realidad cristológica muy apreciada por Vicente de Paúl: la “kénosis” de Cristo, es decir, el “abajamiento”, el “anonadamiento” según el himno de la carta a los Filipenses. Una espiritualidad que se realiza en el reverso de la historia. Vicente de Paúl hablará, varias veces, de “Cristo, fuente de amor humillado”.
2) Una espiritualidad misionera
En el sentido de espiritualidad “hacia fuera”, es decir, tendente a la construcción del Reino de Dios especialmente para los pobres. “Misionera”, en su más estricto sentido etimológico. Una espiritualidad que es “envío”, “impulso”, “lanzamiento” a la “evangelización de los pobres”.
Aquí es donde deben situarse las virtudes vicencianas que son, según expresión del mismo Vicente de Paúl, “el alma del cuerpo de la Misión”. Virtudes tales como: “la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación, y el celo” (las cinco virtudes características de la Congregación de la Misión).
Estas virtudes son cristocéntricas y misioneras, es decir, son mediaciones que, partiendo de Cristo, aterrizan en la evangelización integral (evangelización y servicio, evangelización y humanización) de los pobres. No son, como muchas veces se ha dicho, unas virtudes meramente ascéticas o de perfección individual, porque la espiritualidad de Vicente de Paúl es dinámica y evangelizadora. Y estas virtudes deben ser el alma, la vida, el motor de la evangelización. Aquí está también un elemento bien significativo de la originalidad de la espiritualidad de Vicente de Paúl, porque también existen estas virtudes en otros grupos en la Iglesia y en otras espiritualidades, pero no con el sentido que les da San Vicente.
3) Una espiritualidad liberadora
Liberadora de miedos, tristezas y oscurantismos de uno mismo y liberadora de todo lo que oprime al pobre. Precisamente, Vicente de Paúl se libró, aunque le costó, de las corrientes que subyacían en muchas espiritualidades de su época, espiritualidades fundadas en el “desprecio al mundo” y en la imagen de un Dios de temor y de amenazas condenatorias.
4) Una espiritualidad samaritana
En el discurso de clausura del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI pronunció una frase programática: “La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio”. Y, evidentemente, ésta ha sido, es y será la pauta de la espiritualidad vicenciana.
5) Una espiritualidad del “principio-misericordia”
Y me refiero al vocablo “misericordia” en su sentido más genuino, profundo y etimológico: “tener el corazón al lado del mísero”. El término “misericordia” hay que entenderlo bien porque puede connotar cosas verdaderas y buenas, pero también cosas insuficientes. No se trata de un mero sentimiento de compasión. Tampoco se reduce a las tradicionalmente llamadas “obras de misericordia” que tienen el peligro de no llegar nunca a las causas del sufrimiento y de la pobreza. Y, por supuesto, está muy lejos de las actitudes paternalistas. Por eso, no hablamos solamente de una espiritualidad de “misericordia”, sino de una espiritualidad del “principio-misericordia”.
6) Una espiritualidad del “misterio pascual”
No siempre se ha resaltado suficientemente el aspecto “pascual” que subyace en la espiritualidad vicenciana. Y creo que es uno de los matices más ricos y con más talante vicenciano.
Porque en la “diaconía de la caridad” se realizan los aspectos integrantes de la Pascua. Ahí está presente la “kénosis” (el “anonadamiento”) propia ante el otro al que reconocemos como Señor, como Cristo. Supone renuncia al “yo” en favor del otro. Implica una transparente manifestación del amor sin reservas de ningún tipo, una entrega de la propia vida en servicio integral al otro, un “holocausto” para dar vida al que está en condiciones infrahumanas (San Vicente decía a las Hijas de la Caridad que tenían que ser “mártires de la caridad”), una reconciliación con Dios y con los demás a través del servicio total, una lucha contra el pecado (injusticia, opresión, tiranía, explotación, marginación, “mecanismos perversos”...) y contra todo lo que genera pobreza y abandono. Y eso es Pascua.
En esta imagen del árbol tricentenario, llegamos a sus ramas o, lo que es lo mismo, a los diversos ministerios y actividades que la Congregación de la Misión ha llevado a cabo en estos tres siglos en España. Naturalmente, se trata de un somero repaso, casi un apunte rápido.
Habría que dedicar mucho tiempo y muchas líneas a cada una de esas actividades evangelizadoras. Y habría que resaltar que, detrás de esas múltiples actividades, hay muchísimos misioneros, tal vez anónimos y desconocidos, que han evangelizado heroicamente, que han dejado, trozo a trozo, su vida en distintos campos de apostolado. Habría que resaltar que, en estos trescientos años, hay mucha santidad auténtica de tantos y tantos paúles. Y estas personas escondidas son las que han dado consistencia a este árbol añoso.
Por otro lado, no es el momento de hacer un análisis crítico de estas actividades evangelizadoras. Hay que situarlas en su época, en la pastoral de cada época, en las circunstancias de cada época, en su contexto histórico. Nosotros vamos a enumerarlas sin ánimo de exhaustividad. Vamos a destacar las principales actividades.
Advierto, de antemano, que no incluyo la animación espiritual y apostólica a las Hijas de la Caridad porque la doy por más que supuesta y sabida. Desde que las Hijas de la Caridad empezaron en España, este ministerio ha estado siempre presente entre todos o casi todos los miembros de la Congregación de la Misión. Y con gran cariño.
Seminarios diocesanos. Los misioneros españoles tuvieron a su cargo un total de siete Seminarios diocesanos. Pero los fueron dejando al aumentar en número y preparación los sacerdotes seculares.
Ejercicios espirituales. Tanto al clero como a los seglares. Fue una ocupación importante de la Congregación desde su establecimiento en España. Este ministerio fue decayendo poco a poco y actualmente ha desaparecido de nuestro campo de acción.
Colegios. Durante el siglo XIX y principios del XX, la situación escolar era tan deficiente en España, especialmente en las pequeñas poblaciones, que la Congregación estimó que la buena educación de los niños era un paso necesario para una evangelización más eficaz. Y se fundaron varias casas para las misiones populares y para una mejor educación e instrucción de los niños. Se llegó a tener trece colegios. Al progresar la educación estatal, se fueron cerrando o se convirtieron en Seminarios menores de la Congregación para el fomento y educación de los jóvenes en la vocación misionera; actualmente los Seminarios menores se han cerrado por falta de candidatos y sólo quedan tres de aquellos colegios (Baracaldo, Limpias y Marín) y otro que se abrió en 1972.
Misiones populares. Ha sido el ministerio fundamental y permanente desde el establecimiento de la Congregación en España. Además del número inconmensurable de misiones predicadas por todas las diócesis de España, hubo misiones espectaculares por su magnitud (Bilbao, Va1encia, Sevilla, Pamplona y otras). Pero desde los años 65, las misiones han experimentado un llamativo retroceso; esto se ha debido, sin duda, a los profundos cambios sociales y religiosos de la población; esta realidad y el secularismo creciente han hecho que los párrocos desconfíen y tengan poco interés en el tipo tradicional de misiones. Ciertamente, los temarios y métodos se han modificado y renovado de forma muy positiva, pero las misiones están en franca decadencia.
Misiones “ad gentes”. En 1912, la Provincia de Barcelona se hizo cargo de un territorio de Misión en Honduras; en 1925 se erigió en diócesis y en 1964 se dividió el extenso territorio en dos nuevas diócesis y una quedó para la Congregación: San Pedro Sula. Actualmente se sigue trabajando en esta misión en la que colaboran los misioneros de la Provincia de Zaragoza.
En 1922, La Provincia de Madrid aceptó una Misión en la India. En 1938, y en vista del avance positivo de la misión, se creó 1a diócesis de Cuttack. La sólida catequización de los fieles, el trabajo en la formación de un clero diocesano y el interés por la formación de misioneros nativos para la Congregación, fue culminado con la posterior creación de tres diócesis, con obispos y clero nativos y la formación de dos Provincias de misioneros, todos nativos. Actualmente no queda ningún misionero español.
Terminada feliz y exitosamente nuestra misión en la India, la Provincia de Madrid, en 1965, acudió en ayuda a la misión del Androy, en Madagascar. Actualmente siguen trabajando allí los misioneros españoles, aunque se han integrado en la Provincia malgache.
El trabajo en Filipinas. En 1862 llegaron a Filipinas los primeros misioneros españoles. Su ministerio único fue la dirección de los Seminarios diocesanos y la atención espiritual a las Hijas de la Caridad. En 1960, habían salido de estos seminarios más de tres mil sacerdotes diocesanos, Éstos se fueron encargando de los seminarios y los Padres pudieron dedicarse con más empeño a la formación de sacerdotes nativos para la Congregación. Actualmente, la Provincia de Filipinas, no sólo cuenta con sus propios medios humanos, sino que ha tomado a su cargo misiones en Japón, Corea, Taiwán, Tailandia y otros lugares.
La proyección hacia Hispanoamérica. Ha sido otro de los aspectos importantes de la Provincia de Madrid. Desde el siglo XIX envió sacerdotes a varios países. En Perú y Venezuela tuvieron especial importancia los Colegios. En Cuba, México y Puerto Rico el trabajo más notable fue la atención a las parroquias. La promoción vocacional para la Congregación comenzó un poco tarde, pero en todas esas Provincias hay ya un número bueno de misioneros nativos.
El servicio parroquial en España. Hasta 1940, la Congregación no tuvo ninguna parroquia en España. En ese año, de las 37 casas, sólo dos regentaban una parroquia; diez años más tarde, de las 41 casas, 11 eran parroquias; en 1960 había 38 casas de las que 10 eran parroquias. En el año 2003, la Provincia de Madrid contaba con 17 casas y regentaba 18 parroquias; había algunas casas que tenían dos parroquias (Limpias y Melilla) y otra con tres parroquias (Níjar). Esta evolución se puede explicar, quizás, por la decadencia de las misiones populares y por un nuevo sentido de la evangelización mediante el trabajo continuo en el ministerio parroquial.
Lo mismo que he dicho antes sobre el ministerio con las Hijas de la Caridad, habría que añadir la animación a los diversos grupos de la hoy llamada “Familia Vicenciana” (AIC, JMV, Sociedad de San Vicente, Asociación de la Medalla Milagrosa, FMV...). Sobre todo, en estos últimos años, es un ministerio que ha cobrado mucha fuerza e interés.
Dije al principio, citando una frase de Juan Pablo II en su carta “Al comienzo del nuevo milenio” que la celebración de este III Centenario de la llegada de los Paúles a España debe también servirnos para “vivir con pasión el presente y para abrirnos con confianza al futuro”. Y creo que esto sería el mejor fruto de esta conmemoración.
Solemos decir que el carisma de Vicente de Paúl es de una total actualidad. Solemos añadir que la espiritualidad vicenciana también es de plena actualidad. Creemos, como el mismo Vicente de Paúl, que Dios es el autor de la Congregación. Y, ciertamente, con esto ya tendríamos razones suficientes para vivir el futuro con confianza.
Pero también tenemos que saber leer, como hizo Vicente de Paúl en su tiempo y como hicieron tantos y tantos paúles en estos trescientos años, los “signos de nuestro tiempo”, las señales de esta sociedad nueva, postmoderna, transmoderna, tecnificada, globalizada, secularizada... que nos ha tocado vivir hoy y aquí. No podemos quedarnos mirando al “cielo de las glorias pasadas”. Habrá que usar de la audacia y de la creatividad del Fundador. Y todos sabemos que no es nada fácil, pero ahí está el reto que dimana de este III Centenario.
Yo me atrevería a señalar una serie de “signos de este tiempo” que la Congregación de la Misión debe afrontar hoy, y a los que debe dar respuesta o, por lo menos, tomar en fuerte y concientizadora consideración desde su identidad y desde su misión. Solamente son “algunos” signos o pistas globales a modo de ejemplo.
--La increencia y la indiferencia. He aquí el primer reto de esta sociedad. Un reto que se convierte en pregunta acuciante: “¿Cómo transmitir la fe en una sociedad que ha perdido el sustrato religioso?”.
--La ignorancia de la transcendencia. Un reto que cada vez se va haciendo más angustioso en una sociedad que vive “como si Dios no existiese”.
--La búsqueda de Dios. Un reto que parece estar oculto, pero que aflora en tantísimas personas que no encuentran sentido profundo a sus vidas. ¿Cómo presentarles una imagen sana y sanadora del Dios verdadero, del Dios-Amor?.
--La sociedad globalizada. Con su terrible e imparable maquinaria de fabricar más pobres y más excluidos del banquete de la vida. ¿Cómo nos situamos ante esta dialéctica de la globalización? ¿Cómo damos la vuelta a la globalización imperante para transformarla en globalización de la dignidad humana, de la solidaridad y de la liberación integral?.
--La lucha por los derechos de los indefensos. Es una aspiración constante en muchísimos grupos de esta sociedad. Y es un aldabonazo para una Congregación que tiene a los desvalidos en su misma entraña fundacional.
--La construcción de la Iglesia de los pobres. Un referente vicenciano que el Concilio Vaticano II nos recordó y nos urgió y que parece haber pasado a mejor vida. Vicente de Paúl nos diría que es una tarea ineludible.
--La formación y colaboración con los laicos. Una tarea que también está en la raíz vicenciana. Una tarea que nos reta a salir de posicionamientos clericales y de paternalismos engañosos.
Al final, nos queda el sano orgullo de hacer memoria de tres siglos, con humildad, con sencillez, pero también sin complejos y con el gozo de pertenecer a esta pequeña Compañía. Y nos queda la herencia que nos han dejado nuestros antecesores. Habrá que tener la suficiente audacia evangélica y vicenciana para no echar en saco roto esa herencia. Y habrá que seguir confiando en el Señor con aquella confianza que el mismo Vicente de Paúl expresaba al decir que lo que más le preocupaba y angustiaba no era el futuro de la Congregación naciente, sino los pobres “que se multiplican todos los días, que no saben ni qué hacer ni adónde ir”, ésos “que constituyen mi peso y mi dolor”.
CELESTINO FERNÁNDEZ
Limpias (Cantabria), 25 de enero de 2004
PREPARÁNDONOS PARA LA CONMEMORACIÓN
DEL TERCER CENTENARIO DE LA PRESENCIA DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN
(PADRES PAULES) EN ESPAÑA.
1704-2004
| EL P. MARIANO MALLER XIV VISITADOR DE LA PROVINCIA DE ESPAÑA
|
![]() |
El P. Maller se cuenta entre los grandes Visitadores de la Provincia de España. En sus viajes por Europa y América como Delegado del Superior General nos cuenta datos y detalles que explican puntos poco conocidos de la Historia de la C.M.. Esta biografía está tomada de los Anales de 1960. No he visto el nombre del autor. Pudiera haber sido escrita por el Directos de Anales de aquel tiempo |
Visitador y Director que fue de los PP.
Paúles y de las Hijas de la Caridad
en varias Provincias de la doble
familia de S. Vicente Paúl
El P. Maller es una persona de categoría mundial al que, sin duda alguna, asiste muy buen derecho para entrar por la puerta grande de la historia de la Congregación de la Misión. Recorrió varias veces todo el continente americano de norte a sur, y la parte atlántica del europeo, desde España hasta Irlanda siendo a todas luces muy benemérito de las Provincias de habla inglesa, portuguesa y española de la familia Vicenciana, en su doble vertiente de Misioneros e Hijas de la Caridad. Por todo ello me ha parecido muy conveniente, antes que su memoria perezca o se debilite, recoger todas sus incidencias y organizarlas en plan biográfico y ofrecer su lectura a los misioneros y Hermanas de habla española, llevándolos desde la periferia de los hechos hasta el santuario de su vida interior para estímulo y ejemplo que sirvan para mover entre nosotros un mayor amor y estima hacia nuestra vocación y para despertar deseos y energías, acaso dormidas, que lancen por el camino que nos señalaron nuestros mayores.
CAPITULO PRIMERO
Desde Selgua a París, pasando por Madrid.
Los primeros .quince años en
torno a, un triángulo.-
Los primeros quince años, si bien son decisivos en la historia de un hombre suelen ser los que menos historia tienen. Selgua, Monzón y Barbastro son los vértices del triángulo en torno del cual .giraron estos primeros quince .años del, P. Maller. En Selgua en efecto, se crió en Monzón se educó, y en Barbastro, le nació y se le perfiló la vocación misionera.
El 4 de septiembre de 1817 venia al mundo el P. Maller de padres cristianos, y piadosos, recibiendo en él .bautismo los nombres de Joaquín Mariano. En un ambiente de costumbres patriarcales creció y recibió de sus padres las primeras lecciones de la vida cristiana, al tiempo que en las escuelas del pueblo aprendía las primeras letras. A los diez años se trasladó al cercano-pueblo de Monzón para cursar las Humanidades en el colegio que allí tenían los Escolapios, hospedándose en casa de unos familiares. En las fiestas principales y en vacaciones se trasladaba a la casa paterna en donde seguía recibiendo los ejemplos y las lecciones que de buen cristiano, le daba su padre.
Siendo ya mayorcito le llevaba consigo a Barbastro a confesarse, y a hacer los ejercicios espirituales con los Padres Paúles que allí regían el Seminario Conciliar por esta época. La casa que allí tenían, además de Seminario, era casa de misiones y de ejercicios, acudiendo a hacerlos y .a confesarse en su hermosa y amplia iglesia casi todos los habitantes de Barbado y de los pueblos de la comarca. Era, pues, aquella casa un emporio del saber y un faro de vida cristiana, cuyo influjo llegaba más allá de las orillas del Cinca y hasta los valles del Pirineo. Allí empezó el joven Joaquín a conocer las obras de San Vicente de Paúl y con ellos los primeros indicios de su vocación misionera. En unos ejercicios tomó su decisión, siendo todavía de quince años. Por esta época un joven de la región había solicitado su ingreso en la Congregación, y por un azar de la Providencia, la respuesta de admisión fue a parar al candidato de Selgua, el cual, ni corto ni perezoso, después de un viaje de quince días en galera, se presentó en Madrid, sin tener todavía la edad reglamentaria; más viendo el Padre Roca su piedad y desparpajo y los buenos informes que traía, le admitió en el Seminario interno o noviciado.
En la calle del Barquillo.
Cinco años hacía que los misioneros paúles habían traslado a Madrid desde Barcelona, su Casa Central y la habían instalado en la calle del Barquillo, no lejos de donde hoy está el Ministerio del Ejército. Regían los destinos de la Provincia y de la Casa, respectivamente, los PP. Roca y Codina, más tarde éste último, Obispo de Canarias. En esta Casa vestía el Padre Maller la sotana de misionero el 23 de junio de 1833 siendo connovicio de Miguel Domenech, más tarde Obispo de Pittsburg y los Allegany, en Estados Unidos; Ramón Pascual, más tarde gran misionero en México; Francisco Amaya, futuro y célebre misionero en el Líbano y algunos otros. Era entonces Director de novicios el P José Antonio Borja, que durante muchos años fue para los jóvenes seminaristas un ejemplo vivo y literal de todas las Reglas y hasta su extrema vejez embalsamó a la Provincia española con su sencillez, humildad, obediencia y espíritu interior. En esta escuela se penetró y empapó el P. Maller del verdadero espíritu misionero, de la más estricta regularidad y del espíritu interior con que luego durante casi sesenta años fue iluminando a toda la Congregación a través de naciones y continentes, a donde le llevó el espíritu de Dios.
Desterrados y acogidos en tierra extraña.
Cuando el Padre Maller terminaba su primer año de noviciado, estalló el cólera en Madrid, y el P. Codina, con fecha del 9 de julio ofreció la casa y el servicio de los misioneros para alojamiento de los soldados atacados. Es posible que esta generosidad de los Hijos de San Vicente les ahorrara el ser envueltos en la horrenda «matanza de los frailes»; ocurrida el 24 del mismo año, organizada a ciencia y paciencia del «prudente y moderado masón durmiente Martínez de la Rosa, por la masonería, que mangoneaba entre bastidores, el masón inglés Jorge Guillermo Williers, embajador de Su Graciosa Majestad británica al compás de las consignas y planes del también masón Avinareta el célebre héroe de Pío Baroja, su glorificador, astuto e imaginativo organizador de la revoluciones decimonónicas. Después del degüello la sangre se iba corriendo a otras ciudades españolas y se hacía imprudente el mantener por más tiempo en Madrid a novicios y estudiantes, y el P. Codina dio órdenes para que en dos grupos se trasladaban a nuestra Casa de Guisona, que por ser ciudad fronteriza, constituía un trampolín para en caso de necesidad saltar a Francia y refugiarse en algunas Casas que en el Mediodía francés tenían los Paúles del vecino país.
Para este viaje habían sido preparados
espiritualmente por el P. Borja, como lo indica, el P. Maller en la biografía
que de este gran misionero escribió: “El 10 de julio de 1834, que era jueves,
salió a paseo por la mañana, como de costumbre, con los seminaristas. En todo el
paseo no habló sino de la caridad fraterna y del mutuo sufrimiento; parecía que
no podía pensar en otra cosa. Los seminaristas extrañaban que tanto insistiese
en esto; pero de vuelta a casa supieron ,el motivo y novedad que había. Por la
tarde, reunidos de nuevo los seminaristas, como para ir de paseo, el Sr. Borja
les anunció que los Superiores habían decidido que al día siguiente, a mediodía,
partiesen para Barcelona, no por Zaragoza, sino por Valencia, y aquella misma
tarde se sacaron pasaportes, como entonces se exigían.
Como en aquella época no había ferrocarriles, ni aún diligencias por aquella vía, el viaje hasta Valencia había de hacerse en galeras aceleradas, que recorrían unas diez leguas por día, y nuestro buen maestro de novicios consideraba necesario prevenir contra el espíritu de división y de discordia a los cinco novicios que iban a estar solos, sin nadie que los gobernase por espacio de tantos días”[i] (An. Esp., t. II, 81.)
El P. Maller con su grupo avanzó por tierras de Albacete, Valencia, Tortosa y Reus, hasta Guisona. Por cierto que en Tortosa fueron detenidos unos cuatro meses a causa del cólera, alojándose en el Hospital dirigido por las Hijas de la Caridad, que los trataron y atendieron con maternal solicitud. Cosa parecida les ocurrió en Reus, donde hubieron de detenerse unos días, alojándose en la casa que allí tenía entonces la Congregación. Llegados a Guisona, se reorganizaron los ejercicios del Noviciado y los estudios de Filosofía y Teología hasta el verano de 1835. El novicio Joaquín Maller no pudo hacer los votos al terminar los dos años de prueba por no tener cumplidos los dieciocho años que marcan las Constituciones, teniendo que aplazarlos hasta el 5 de septiembre, ya en territorio francés. El ambiente se enrarecía también en Guisona, pues hasta allí llegaba la marea revolucionaria después de salpicar de sangre a Zaragoza, Reus, Málaga, Barcelona y otros lugares de la Península. Celebrada la fiesta de San Vicente el P. Armengol, profesor de los estudiantes, recibió la orden de pasar con ellos la frontera a través de la República de Andorra, en donde celebraron en paz y calma la fiesta del Apóstol Santiago. No la celebraron así los Paúles de Barcelona, que más confiados que los de Madrid, habían permanecido allí hasta ese día. En la noche de Santiago sufrieron un asedio en toda regla y al cabo de seis horas, muerto uno de ellos y rota toda resistencia, se fueron escapando uno tras otro, no sin ser luego reconocidos, perseguidos y acosados por las turbas y, por fin, encerrados durante quince días en el castillo de Montjuich con amarguras y agonías de muerte. Libertados de un modo providencial, "por caminos excusados y casi intransitables, bajo el excesivo calor de agosto y con gravísimo peligro de caer en manos de los revolucionarios”, se encaminaron unos a sus casas y los más hacia la frontera, logrando llegar casi todos: a Carcasona los sacerdotes y a Montolieu los estudiantes, siendo fraternalmente recibidos por los misioneros franceses. El grupo de Guisona, después de unos días de descanso en Andorra, en donde el párroco los alojó y trató con caridad cristiana, les había precedido con varias semanas de anticipación.
Desde París, el P. Juan Bautista Nozo dio órdenes para que los estudiantes de Filosofía se quedaran en Montolieu, mientras que 1os teólogos habían de avanzar hasta la capital francesa para seguir allí los cursos de Teología. El joven Maller quedó en Montolieu, donde hizo loe votos, y terminada la Filosofía bajo el magisterio del P. Armengol, avanzó hasta París con sus compañeros, siendo recibidos con cálida efusión, tanto por sus colegas franceses como por los españoles que les habían precedido. El teólogo Maller, si siempre se distinguió por su piedad, no se distinguió menos por su talento, como lo prueba el haber sido elegido en todos los años para sostener o defender en actos públicos las tesis de Teología que se acostumbran durante los cursos teológicos. Entre los profesores figuraban en primera línea los españoles Ecarrá, Cerda y Santasusana, que seguían en sus explicaciones los sólidos métodos con que la Teología se enseña en España. En este ambiente, mutuamente edificados y estimulados franceses y españoles, brillaron en él de un modo notable su singular piedad, la modestia, que siempre le distinguió, y las más bellas cualidades de talento y de claridad de ideas. Llamaba la atención de todos sus condiscípulos aquella aplicación constante a la ciencia de Dios, aquella precisión con que explicaba sus conceptos al dar la lección en las clases y al defender las conclusiones impugnadas en loe actos literarios y aquella rectitud y solidez de juicio de que después dio pruebas en las cuestiones y negocios más arduos y complicados[ii]. (An. E., I, 386.)
Mientras las naciones europeas jugaban a descristianizarse en la primera mitad del siglo XIX, un fenómeno inverso ocurría en la joven nación norteamericana, a la otra orilla del Atlántico. Jesucristo bahía dicho a sus apóstoles : «Cuando os persiguieren en una ciudad, huid a otra». Esto hicieron muchos religiosos que, al ser perseguidos en Europa se refugiaron en Norteamérica y allí levantaron, en lo alto la antorcha de la fe. Los primeros en hacer este traslado fueron los sulpicianos, fundados por el gran Olier, discípulo y amigo de San Vicente de Paúl. La primera, colonia llegó en 1792, fugitivos sus miembros de la Gran Revolución. Por esta época no había en todos los Estados Unidos más que dos Obispados: el de Baltimore, creado en 1780 por Pío VI, con jurisdicción sobre todo el Este, el Norte y el Noroeste, y el de Nueva Orleans, creado en 1793, con jurisdicción sobre toda la Florida y Luisiana, a favor de D. Luis Peñalver y Cárdenas, que en 1801 fue ascendido a la dignidad de Metropolitano de Guatemala, como consecuencia del traspaso de la Luisiana hecho a Francia por España, en virtud del tratado de San Ildefonso de 1800, pasando su Diócesis a ser administrada por el de Baltimore hasta 1812, en que fue nombrado para sucederle el. sulpiciano Luis Dubourg.
Cuatro .años antes Baltimore era ascendida
por Pío VII a la dignidad Metropolitana con las sedes sufragáneas, recién
creadas, de Barstown, Filadelfia, Nueva York y Boston. El Obispo Dubourg hizo
varias levas por diversas naciones de Europa reclutando sacerdotes y misioneros
para su inmensa Diócesis, que tenía alrededor de 400.000 kilómetros cuadrados y
un reducidísimo número de sacerdotes. El más importante núcleo de estas levas lo
constituía el de los Paúles italianos, encabezado por Félix Andreis, el primer
misionero de todo aquel inmenso territorio que va camino de los altares y que
al, llegar en 1818 a San Luis fue instituido Vicario General de la Di6cesis y
fundador y primer Rector del Seminario Diocesano. Muchos de los sacerdotes que
iban llegando de Europa se incorporaban a los misioneros Paúles, que por otro
lado iban recibiendo refuerzos de Italia, Francia y España, hasta el punto de
que en 1837 el P. General, J. B. Nozo, pudo erigir con ellos la Provincia de
Estados Unidos, nombrando como primer Visitador al P. Juan Timón. Para estas
fechas los PP. Rosati y Nekere ascendían, respectivamente, a las sillas
episcopales de San Luis el primero de la serie, y a la de Nueva Orleans, el
segundo.
El P. Odín, en un viaje a Europa, hizo una
nueva leva de doce misioneros. casi todos ellos italianos, para volver de nuevo
dos años más tarde con la misión de entregar al Papa las actas del primer
Concilio provincial de Baltimore del que había sido teólogo consultor muy
destacado. Y aquí es donde hacen su entrada los misioneros españoles en la
evangelización de Estados Unidos.
Carta del P. Odín a los misioneros
españoles
Efectivamente, el 14 de marzo de 1835, desde
Turín donde se hallaba a su regreso de Roma, cuando fue a presentar al Papa las
actas del Concilio de Baltimore, el P. Odín hizo un llamamiento a los españoles
con una carta al Superior de Barcelona en muy buen castellano, que constituye un
canto a la España misionera y que viene a ser como la semilla que luego fue
transplantándose en Estados Unidos en 1837, 1838 y 1839. La guardamos en nuestro
Archivo de Madrid, y de ella entresacamos este párrafo: “Yo soy de Lyón, de
Francia, y gracias a Dios se me dio la instrucción en Teología como se da en ese
Reino de España”. Hijo de nuestro gran Patriarca San Vicente, he residido
desde los veintiún años en los Estados Unidos de América Septentrional, en donde
es inexplicable lo que he visto y tocado del espíritu de Dios en los trece años
de mi residencia en aquel país, que parece estar lleno de la divina
misericordia. De las ciudades, de las aldeas, de los desiertos y de todas partes
vienen gentes a la fe; y abrazan nuestra religión protestantes e infieles, los
profetas de estas sectas, los ministros de aquellos ciudadanos y salvajes,
rústicos e instruidos de todas clases. Basta decir que un corto número de
sacerdotes hemos reengendrado en Jesucristo por el bautismo, en el breve tiempo
de cuatro años, medio millón de almas. Pero ¿qué es esto, si se considera la
muchedumbre que queda por bautizar y que está suspirando este remedio de salud y
la instrucción necesaria? Limitándome a nuestra Diócesis de San Luis, en el
Estado de Missouri, observo que en un territorio, extenso como veinte veces toda
Italia, tenemos medio millón de varias sectas no bautizados y las tribus que
forman un millón y medio de gentiles, en los cuales se ve un ardiente deseo de
conocer al verdadero Dios y el camino seguro de llegar a poseerle. De más de 200
millas de distancia van a buscar un sacerdote para que los guíe, los consuele y
ojalá pudieran encontrarlo.
Mas ¿cómo saciar a tantos hambrientos que
piden el pan de la divina palabra? Once sacerdotes que somos en nuestro
Seminario de San Luis -los Barrens- y sólo 25 en toda la Diócesis, ¿qué son para
socorrer unas necesidades tan vastísimas? ¿Qué haremos tan pocos operarios
siendo la mies tan abundantísima?... Yo ruego a vuestra Señoría Reverendísima,
por el celo ardentísimo de nuestro Patriarca y por la misma sangre del Redentor,
que procure que vengan conmigo tres o cuatro compañeros de esa Casa o de la de
Madrid o de las otras de esa Provincia y Reino... Es inexplicable el fruto que
pudieran darnos para Dios tres o cuatro misioneros españoles.
¡Qué prodigios y conversiones obraron en el Nuevo Mundo! -
“Tomen parte también ahora en las grandes conquistas que los Hijos de San Vicente tienen oportunidad de hacer para Jesucristo... Será gratísimo al Vicario de Jesucristo y al Reverendísimo nuestro General que de esa religiosa y católica nación vengan tres o cuatro misioneros a cultivar aquel vastísimo campo del Señor”.
No cuatro, sino una docena.- Para estas fechas la Casa de Madrid casi no existía- casi toda ella, estaba ya en Guisona- y a la de Barcelona no le quedaban de vida más que unos meses. Perseguidos en España, se refugiaron en Francia, que les sirvió de trampolín para saltar a Argel, a las islas del Egeo, a Siria y Líbano, a China, y, sobre todo, a Estados Unidos, a donde fueron llegando en 1837 los PP. Armengol, Alabau y Doménech -más tarde, este último, Obispo de Pitsburgo. y de los Allegany-; en 1838, los PP. Masnou, Llevaría, Calvo, Cercós y Amat, que más tarde había de ser elevada a la silla episcopal de Monterrey y fundar la de los Ángeles en California: en 1839 se embarcaron en El Havre los PP. Serreta, Pascual y Maller; por fin, desde Italia, en donde se había refugiado, el P. Estany llegó a los Estados Unidos, acaso a principios de 1840. En total doce misioneros casi todos de primera fila, entre los cuales surgieron dos Obispos, tres Visitadores y dos Rectores de seminario. El más destacado de todos fue el P. Maller, el cual, luego de una navegación, relativamente feliz, hecha en barco de vela, desembarcó con sus dos compañeros en Nueva Orleans, desde donde, al cabo de dos días remontaron, en un vapor el río Missisippi hasta 80 kilómetros aguas arriba, en donde en la localidad de Furce, los PP. Paúles dirigían el seminario diocesano de la Asunción en las inmediaciones de Donaldsonville, Diócesis de Nueva Orleans que tenía por Rector a su antiguo profesor de Filosofía, P. Armengol, el cual les hospeda durante algún tiempo, hasta que el Visitador, P. Juan Timón, mandó al P. Maller avanzar Missisippi arriba hasta Santa María de los Barrens, en don de se le confió el cargo de prefecto de los seminaristas iii].
En Santa María de los Barrens.
Cuando el P. Maller llegó, oía hablar al P. Cellini y a otros de los "buenos tiempos antiguos”. Estos «buenos tiempos» se remontaban a unos 20 años atrás, cuando el Padre Rosati, el futuro primer Obispo de S. Luis, llegó con el primer seminario interno a fines de 1818. Los habitantes habían puesto a su disposición 300 acres de terreno. Aquí, para que pudieran oír misa las 40 familias de la región, levantaron una iglesia de madera, y una choza también de madera, que tenía 25 pies de largo por 28 de ancho para albergue de sacerdotes, seminaristas y hermanos coadjutores.
Esta choza servía, a la vez, de capilla, dormitorio, comedor, cocina, sala de estudio, de recreación y de trabajo; más todo se practicaba tan a su tiempo y con tanto orden como en el noviciado más regular. Allí a un lado se veía al P. Rosati, dando su clase de teología a un grupo de seminaristas, en otro al Hermano Blanka preparando la comida, más allá al P. Cellini revocando las paredes y, completando el cuadro, una vaca rascaba la puerta con su cabeza en demanda de la comida, que le era debida. Durante los primeros inviernos las rendijas que dejaba la madera en las paredes y los techos, permitían la entrada de la lluvia, el viento y la nieve. Sucedióles a veces que, al amanecer, las pieles de búfalo y las coberturas que les cubrían mientras dormían, las contemplaban cargadas de nieve. El papel o un pedazo de tela blanca hacían las veces de cristaleras. El vino únicamente lo veían en la misa, y aun éste, sacado de las uvas silvestres de los contornos. Veíase con frecuencia a los misioneros manejando el hacha en el corte de los árboles y acarreando la leña para calentarse y hacer la comida. Un día de Pascua, después de la solemnidad litúrgica con misa, cantada y sermón, los inquilinos de la choza, al sentarse en la mesa no vieron delante de sí más que un plato de habas cocidas y agua fresca. El estómago del P. Cellini, que se hallaba muy fatigado porque, además de las funciones del día, había estado muy ocupado en oír confesiones y administrar bautismos, no pudo menos de esbozar una protesta con un débil gemido; pero el P. Cellini (Rosati) no tardó en llamarle al orden y reducirle a disciplina, y todo en aquel día fue paz y contento.
La choza primitiva se hacía cada vez más insuficiente para los que iban llegando y hubo que sustituirla por otra, también de madera, más amplia -50 pies de largo por 30 de ancho- de dos pisos, construida sobre los planos trazados por el P. Delacroix. Cuando el P. Maller llegó, la casa estaba recién estrenada. También estrenó iglesia nueva, pues la antigua estaba ya en 1837 casi inservible. La lluvia y el viento y hasta la nieve se metían por las rendijas y ventanas sin cristales y más de una vez en las funciones religiosas tanto los fieles como el coro y los sacerdotes oficiantes se vieron obligados a defenderse de los elementos invasores con telas extendidas y paraguas.
Lo mismo en los Barrens que en S. Luis los cierzos norteños se encajonaban por el valle del Missisippi tan fuertes y helados que el Venerable Félix U. Andreis le ocurrió helársele en el cáliz las sagradas especies y tener que romperlas con los dientes y disolver los pedazos en la boca para poder tomarlas. La nueva iglesia, bien techada y acondicionada, alivió notablemente la situación. Fue consagrada por Mons. Rosati C. M. a fines del 1839. Los tiempos de la «suma estrechez» habían pasado, y llegaban tiempos de mayor holgura; sin embargo, ya no se notaba tanto la fragancia de la pobreza, ni se oía el bullir del “fervor en la regularidad. En aquellos escasos meses -apenas llegaron a la docena-que estuvo al frente de la disciplina el joven profesor, ya notó los primeros brotes de dos tendencias de polos opuestos, como lo anotará 27 años más tarde, la tendencia de la “austeridad europea”, y de la «comodidad americana». El que había aprendido la austeridad y la regularidad en la calle del Barquillo del Madrid en la escuela del santo P. Borja y reavivado luego en París.
Junto a las cenizas sagradas de .S. Vicente, les mantuvo con pulso firme en los que tenía bajo su custodia con tan feliz éxito que el P Visitador vio en él al hombre que necesitaba para ser el primer Rector del seminario de S. Carlos de Filadelfia, dándole por colaboradores a los PP. Burke, Peneo, Frasi y Rolando, todos ellos mayores que él en edad y en vocación.
En San Carlos de Filadelfia.
En 1841 Mons. Kenrik, Obispo de Filadelfia confió su seminario a los PP. Paúles y el. P. Timón no dudó en confiar su rectoría al P .Maller, cuya virtud y capacidad le eran conocidas, a pesar de su recién estrenado sacerdocio y de sus 24 años recién cumplidos. ¿Quién podrá explicar su actividad en este nuevo campo: su tacto finísimo y la destreza con que supo conducir y gobernar a los jóvenes levitas puestos bajo su cuidado y tutela? Bien pronto se ganó las simpatías de cuantos Obispos y sacerdotes pudieran apreciar sus dotes de virtud y buen gobierno. Mons. Kenrik le tenía en tal estima, que solía decir de su Rector que era «el sacerdote más prudente y acabado que conocía en toda la república de Estados Unidos» El Obispo le confió el encargo de buscar un sitio apropiado para la construcción del Seminario menor, orientándole hacia Pottsville y Joungustawn, con clara preferencia por esta última localidad.
El P Maller, sin embargo, después de haber hecho un reconocimiento detallado, se inclinaba por Pottsville, tanto porque en caso de división de la diócesis, Joungustawn quedaría fuera de los limites de Filadelfia, cuanto «porque siendo Pottsville de más fácil acceso, los seminaristas de Filadelfia estarían cerca de sus casas y, por lo mismo sus familiares y amigos podrían visitarlos más fácilmente en caso de enfermedad o indisposición» y además podría servir de seminario de verano para los seminaristas mayores. Había además otra razón de pesó que el P. Maller alegaba. En Pottsville estaban construyendo «un asilo para niños protestantes, cerca de la iglesia católica, cuya fundación, dado que falle, como se lo proponía lograr el párroco señor Maginis, podría fácilmente emplearse para seminario”[iv].
Vicario General del Obispado.
El 25 de abril de 1843 el Obispo de Filadelfia escribía a su hermano Ricardo, Obispo de Drasa y más tarde Arzobispo de S. Luis: “El deseo de perfección o las necesidades de la Iglesia me han privado ya de tres Vicarios Generales. El R. P. Balfé nos ha dejado hoy para entrar en Religión. Yo me había propuesto hacer Vicario General al R. P. M. Maller; pero en su grande humildad sé ha negado a aceptar este cargo”[v].
Sin embargo, el Obispo no renunció a su proyecto. En septiembre del año siguiente todavía no había dado sucesor al P. Balfé y escribía a su hermano para que interesara en el asunto al P. Timón, C. M., esperando que éste lograría inclinar el ánimo del P. Maller, que tras una ruda batalla de tres años hubo de prestar sus hombros a la pesada carga. El 20 de marzo de 1845, el Kenrik de Filadelfia escribía triunfante al de San Luis: «He conferido los poderes de Vicarios Generales y de Administradores de todos los bienes de la Iglesia en Filadelfia- a los muy RR. PP. Mariano Maller y Francisco Javier Gartland» [vi].
El 29 de junio el Obispo Kenrik publicó una pastoral anunciando la erección de la Catedral en un terreno próximo al Seminario. De cuyo hecho el Prelado se prometía no pocas ventajas para los seminaristas, que tenían ocasión de ejercitarse en las ceremonias y para las funciones pontificales que resultaban solemnizadas por la presencia de profesores y alumnos. La Catedral, se construyó sobre los planos trazados por el P. Maller, ayudado del P. Tornatore, terminándose en 1846. Y por si esto fuera poco, varios centenares de misioneros norteamericanos han coronado su carrera con la ordenación sacerdotal recibida en esta Catedral, orgullo de la gran Archidiócesis de Filadelfia.
Segundo Visitador de los Padres Paúles de Estados Unidos.- Poco pudo disfrutar el Obispo de Filadelfia de la pericia y prudencia de su nuevo Vicario General, porque dos años más tarde el P. Maller fue obligado a empuñar las riendas del gobierno de la joven Provincia vicenciana de los Estados Unidos en calidad de sucesor del P. Juan Timón, promovido en 1847 a la recién creada Diócesis de Búfalo. Si su prudencia y santidad habían brillado en el Seminario y Diócesis de Filadelfia, puesto sobre el candelero, estas dotes brillaron por todos los Estados de la Unión, donde los «misioneros Paúles extendían sus apostólicas tareas»[vii].
En los ejercicios espirituales hechos en Filadelfia en 1844 tomó una serie de resoluciones en que se reflejan las más ardientes aspiraciones de darse por entero a Dios y el más absoluto desprendimiento de todo lo temporal, como preparación a una buena y santa muerte, pues estaba muy enfermizo y amenazado de tuberculosis; pero este mirar, cara a la muerte, no era en él una actitud negativa y deprimente, sino vital y estimuladora que lo empujaba a aprovechar el tiempo, que Dios le iba otorgando, para perfeccionarse a sí mismo y a los demás.
Uno de los actos más importantes de su gobierno fue la unión que hizo de las Hermanas de la Caridad, fundadas por la venerable Isabel Setón, con las fundadas por San Vicente de Paúl. Cuando en 1808 las fundó la Madre Seton aconsejada por los Sulpicianos, que eran sus directores, estos las dieron por Reglas las que San Vicente había dado a las Hijas de la Caridad. El deseo de la fundadora y de sus directores hubiera sido injertadas en el árbol vicenciano; pero las Hijas de San Vicente estaban por esta época levantándose penosamente de la catástrofe revolucionaria y debatiéndose en el cisma napoleónico. Era menester aguardar a tiempos mejores. Hacia 1860 las Hijas de Caridad, por cuya casa Madre había pasado el viento renovador de las apariciones de la Virgen, se encontraban en pleno fervor y expansión y con capacidad para recibir esta incorporación predicha por la Virgen a Sor Catalina.
El P. Maller y las Hijas de la Madre Setón.
Por otro lado las Hijas do la Madre Setón se hallaban ya también a punto y preparadas para este paso trascendental. La fama de santidad del P. Maller se extendía desde Filadelfia hasta su casa Madre, que estaba en Emmitsburgo y le rogaron en 1846 que les diera los santos ejercicios; ruego que, con el permiso del P. Timón, aceptó el joven y santo Rector del Seminario, llevando a cabo el cometido «con tal fervor, unción evangélica, copia de doctrina y oportunidad que, aunque estaban acostumbradas a oír a Padres muy elocuentes y piadosos de la Compañía de Jesús, quedaron de él tan prendada» que, en lo sucesivo, no les fue fácil prescindir de su dirección. Este trato y dirección fue causa de que aquellas buenas Hermanas se fueran llenando del espíritu y doctrina de San Vicente, de que el P. Maller ha sido uno de los mas auténticos y eximios propagadores y representantes y de que se les encendieran todavía más los deseos de unirse al gran árbol vicenciano, que por estas fechas ya extendía su amplio ramaje desde los países norteños de Europa hasta el África y desde China hasta Hispanoamérica.
El empeño era difícil. Hacer encajar a más de trescientas religiosas con usos y hábito propios en otra Comunidad sin protestas ni estridencias no era cosa hacedera y, por tanto no era aconsejable. Esto es lo que dio a entender el Padre General cuando el Obispo de Natches, en nombre del Arzobispo de Baltimore y de las propias Hermanas, presentó el proyecto de unión El de Natches insistió y el P. Etienne, para ganar tiempo y poder informarse, exigió una petición oficial de las mismas Hermanas.
El 5 de abril de 1849 escribió al P. Maller rogándole que conferenciase sobre el asunto con Mons. Ecleston, Arzobispo de Baltimore, su superior eclesiástico, y que explorase la voluntad de las Hermanas y fuese luego a París a darle la respuesta. Cuando el P. Maller llegó a París con su informe el sulpiciano Deloul, el actual Director de las Hermanas de la Madre Setón, había presentado, en forma oficial, la petición de la unión, que unida a los informes favorables que traía el P. Maller determinó que el P. Etienne las otorgara su incorporación a las Hijas de San Vicente. Y para que la unión resultara más plena auténtica y perfecta el Padre General descargó al misionero español de su oficio de Visitador y le confió el cargo de Director Provincial de todas las Casas de Estados Unidos, erigidas en Provincia Canónica siendo su primera Visitadora la que antes era Madre General de la Comunidad. En el verano de 1849 el P. Maller convino y dejó listo, con el P. Etienne, todos los detalles y pormenores de la incorporación. El 7 de septiembre del mismo año el P. Deloul hizo al P Maller entrega de su cargo y escribía a las Hermanas estas líneas de despedida:
“No tengo la menor duda que Dios escogió
hace cuarenta años a los padres Sulpicianos para el establecimiento de las Hijas
de Caridad en este país; pero andando el tiempo se establecieron aquí los Hijos
de un mismo Padre, San Vicente de Paúl, que son los directores natos de sus
Hermanas. Desde que los vi suficientemente establecidos, el .Señor me inspiró el
deseo de poner las cosas en su propio lugar, y me hubiera considerado culpable
de una grande e imperdonable negligencia el no hubiera seguido lo que entonces
consideré y todavía sigo considerando una «inspiración de la gracia”.
El 18 de octubre de 1849 el P. Maller hacía
su primera visita oficial al valle de San José, de Emmisburgo; escribiendo dos
días después a la Madre Etienne, antigua Superiora General de las recién
incorporadas: "He visto a casi todas las Hermanas de la ciudad y he quedado
altamente satisfecho de haber hallado en ellas las mejores disposiciones;
satisfacción que comparte el propio Arzobispo de Baltimore”.
En diciembre regresó con el P. Burlando, C.
M., su futuro sucesor en el cargo. El 25 de marzo de 1850 estaba presente a los
votos que toda la Comunidad hacía al Superior General de la Misión, a tenor de
la forma prescrita por San Vicente a sus Hijas.
Con el fin de dejar el camino totalmente
expedito al nuevo Director y ponerle al. abrigo de cualquier mal entendido, los
antiguos Superiores eclesiásticos redactaron y levantaron un instrumento
público, en que se hacía constar que:
«Habiéndose unido la Comunidad de las
Hermanas de San José, de los Estados Unidos, por consentimiento propio de todos
sus miembros, a la Comunidad fundada por San Vicente de Paúl' con el nombre de
Hijas de la Caridad, y habiendo las Hermanas hecho voto de obediencia el 25 de
marzo al Superior General de dichas Hijas de la Caridad, ASÍ como los votos que
se hacen en la Compañía; y habiéndose llevado a cabo la unión con la aprobación
del señor Arzobispo de Baltimore, Samuel Eccleston, y con la del Superior de San
Sulpicio, Procurador de las Constituciones, y con la del Superior General de la
Comunidad de la Casa, Madre.
Por voto unánime de los miembros del
Consejo se resuelve que, en el futuro, para el gobierno de los bienes
temporales, para el nombramiento de Superioras, que en adelante se llamarán
Visitadoras, y para nombrar oficiales y miembros del Consejo, las Hermanas han
adoptado por este acto las Constituciones de la Comunidad establecida por San
Vicente de Paúl, conocida en la Iglesia con el nombre de «Puellae Charitatis», o
Congregación de las «Hijas de la Caridad», y han revocado, y de .hecho revocan,
toda la cláusula de las Constituciones anteriores opuestas a las Constituciones
nuevamente adoptadas. Hermana Ana Simeón Norris, Secretaria del Consejo. San
José, 6 de noviembre de 1850.
Aprobado: Samuel, Arzobispo de Baltimore.
El cargo de Protector de la Comunidad de
las Hermanas de la Caridad, ejercitado hasta el presente por el Superior de los
sacerdotes de San Sulpicio, en los Estados Unidos, deja de existir. F. L. Homme,
Superior de los sacerdotes de San Sulpicio. Aprobado: Samuel, Arzobispo de
Baltimore, 15 de noviembre de 1850.”
Y para que la unión fuera más perfecta envió
el P. Maller a París a la plana mayor, incluso a la Madre Etienne, para que,
bebiendo durante un segundo noviciado en sus mismas fuentes el espíritu
vicenciano, los pudieran transplantar a América con todas las garantías de
completa autenticidad.
El prudente Director no cambió de pronto, y
radicalmente todos los usos y costumbres, pareciéndole más humano y divino a la
vez el hacerlo gradualmente y según lo fueran pidiendo las demás Casas.
Casi todas ellas se fueron incorporando, sin
más excepciones que las de Nueva York, Cincinati y Kentucky, ya anteriormente
separadas, que prefirieron seguir bajo la obediencia de sus respectivos Obispos,
dando lugar a tres ramas setonianas, que reconocen por Madre común a la
venerable Isabel Seton. Las incorporadas a las de San Vicente crecieron
extraordinariamente bajo el impulso que les dio el Padre Maller; de suerte que,
diez años más tarde, de algo más de trescientas habían pasado a ochocientas,
distribuidas en sesenta establecimientos, casi todos ellos de educación. Hoy
forman dos Provincias, con más de dos mil miembros.
Sólo tres años duró la dirección del P.
Maller, porque la sombra la mitra se cernía sobre él y hubo de escapar a otras
tierras para poder declinar este honor; pero fueron suficientes para que las
Hermanas se dieran cuenta de lo que perdían y para que el injerto quedara
consolidado y con una capacidad tal de expansión, que al culminar los cien años
de la unión las Hijas de la Caridad se habían convertido en uno de los
principales baluartes de la educación católica en Norteamérica. Después de una
gestión tan sabiamente conducida, no es de extrañar que el Provincial de
los Sulpicianos R. P. Luis Deloul, que tantas veces tuvo que habérselas con él,
les describiera como «el sacerdote cuya prudencia y sabiduría suplía lo que
le faltaba en años».
CAPITULO III
De cómo, huyendo de una mitra, el P.
Maller pasa
del hemisferio norte al hemisferio
sur.
La sombra de una mitra.
En 1851 el Obispo de Filadelfia era
trasladado a la Sede primada y Metropolitana de Baltimore, y conociendo la
necesidad que tenia la Sede que dejaba de un pastor vigilante y efectivo se echó
a pasar y repasar la lista de los candidatos que reputaba más capaces. Fruto de
sus meditaciones son estas líneas que Mons. Francisco Kanrik, escribía el 19 de
septiembre de 1851 a su hermano Ricardo, Arzobispo de San Luis: “No se cuando
iré a tomar posesión de la nueva Diócesis; pienso en la necesidad de elegir un
sucesor aquí para esta de Filadelfia, que con dificultad puede dejarse sin
pastor. He pensado pedir a la Santa Sede que traslade aquí a Mons. Juan Timón,
C. M., Obispo de Búfalo, dando el segundo lugar en la elección al P. Santiago
Bayley, y el tercero al P. Mariano Maller”[viii].
Contaba entonces con treinta y cuatro años de
edad. El Dr. Bayley era sobrino de la Madre Setón y muy amigo, por tanto, del P.
Maller. Este pudo por entonces evitar el nublado y su amigo fue más tarde
Arzobispo de Nueva York. Mons. Kanrik hubo de escoger en otra parte y presentar
otra terna, de la que formaba parte el Provincial de los Redentoristas, P.
Newmann. Sin embargo, el peligro seguía amenazándole, porque su nombre seguía
sonando en las candidaturas, pues no sólo Mons. Kenrik sabía de sus eximias
cualidades, sino los Obispos del noreste americano. Y tan de cerca lo vio que,
para esquivarlo, no vio otro medio que escribir al P. General rogándole que le
salvara enviándole aunque sea al Brasil. Precisamente el Brasil necesitaba un
Director para las Hijas de la Caridad, pues el anterior había fallecido, y al P.
Etienne le vino la petición como anillo al dedo, y por una carta del mes de
marzo le autorizó para que allá se fuera, pero con el cargo de Director. El 5 de
abril de 1853 el de Baltimore escribía al de San Luis: “Mariano Maller me
escribió ayer diciéndome que se va al Brasil como Superior de las Hijas de la
Caridad allí existentes”[ix].
El autor del “The Three Centuries of
Vincentian Misionary Labor” escribe estas líneas “Este cambio consideramos
todos como una pérdida irreparable para la Provincia de los Estados Unidos, ya
que el P. Maller era un hombre de gran talento, sabio, de un juicio muy recto y
de un genuino espíritu religioso. Su destino al Brasil se debió en parte a que
al P. Etienne se le había insinuado “que el P. Maller iba a ser nombrado Obispo
y el P. General consideraba este nombramiento como una gran pérdida para la
Congregación. Parece que el P. Etienne no era tan desinteresado como Mons. de
Andreis puesto al frente de la Congregación juzgó que su deber era mirar por los
intereses de la misma por encima de todo lo demás”. Nadie sintió la partida
del P. Maller tanto como Mons. Kenrik. Lo conocía muy bien y tenia en él puesta
toda su confianza. El buen señor Arzobispo decía años después, expresando el
gran sentimiento que le había causado la marcha del P. Maller: “Si los
Superiores me hubieran indicado solamente la causa de su salida, yo hubiera
trabajado e impedido que el P. Maller fuera nombrado Obispo a trueque de no
privarnos de su ayuda.
Drama íntimo.
No es fácil describir el drama que en su
interior desencadenó el que pudiera verse alejado de la Compañía a causa de su
elevación a la dignidad episcopal; sin embargo, podemos descubrir, a un tiempo,
su amor a la Misión y su actitud con respecto al problema a través de una carta
al P. Moral, puesto en trance parecido: “Para mayor tranquilidad de usted le
digo que ninguna pena me causa esa casi resistencia que usted opone a lo que a
otros les puede parecer voluntad de Dios; porque yo se, y perfectamente
comprendo, la causa o el motivo de su determinación, que es bueno y laudable
hasta tanto que Dios no le baga a usted conocer que es realmente su voluntad,
porque, si aún después de eso, usted se resistiese, entonces “non laudo”. Pero
hasta entonces no me desagrada; antes. bien, me agrada. Sin embargo, no me
parece ese un motivo justo de mudar de vocación y abandonar a nuestra buena y
tierna madre la Congregación, porque en ninguna religión estaría usted más
seguro de esos peligros de que tanto se alarma su corazón. Aún de aquellas
Órdenes, en que se hace promesa o voto de no aceptar dignidades, he visto yo
tomar sujetos y obligarles a aceptar cl episcopado. En nuestra Congregación los
Superiores no han obligado jamás a eso; a lo más, lo han permitido y exhortado a
que lo cumplan. Esto hecho, la responsabilidad de no aceptar recae sobre el
súbdito y yo creo que eso también es responsabilidad. Lea usted la historia de
Jonás y verá, y también considere lo de San Pablo: “¡Vae mihi si non
evangelizavero! La voluntad de Dios se, debe cumplir en todo, y es peligroso
fiarse de su propio juicio en cosa tan grande. Mire, Señor mío, que le hablo de
lo que yo por mis pecados me he visto en todo eso que usted tanto teme y en
evidente peligro de cosa aún peor”, pero, por su misericordia, Dios me libró de
todo sin que jamás se me haya ocurrido usar del medio que usted indica. Lo mejor
y más acertado es ceder, cuando hay indicios suficientes de que es la voluntad
de Dios. Nuestro Santo Padre se portó así. ¿Quién sabe lo que le costaría
aceptar el cargo de Presidente del Consejo de Ana de Austria? Y sin embargo, lo
aceptó. Pues ¿qué modelo mejor nos podemos proponer que nuestro Santo Padre?
“Cuando yo me vi en semejante apuro, esta consideración me fue de gran consuelo
y me animó muchísimo”. Esta carta al P. Moral, escrita con un retraso de más
de treinta años, nos puede servir de hilo conductor de su estado psicológico en
los momentos en que abandonando los Estados Unidos se encaminaba al Brasil.
En el Brasil encontró,
efectivamente, un refugió: que, si le amparaba contra los honores de la mitra,
no le amparaba ni defendía del cargo ni del honor de la superioridad, pues venía
con el oficio de Director de las Hijas de la Caridad, que ya empezaban a tener
en el inmenso país un extraordinario desarrollo, como lo prueba la estadística
de las obras confeccionadas por el mismo Padre Maller y que obra en nuestro
archivo. De esta estadística resulta que solamente en la provincia o estado de
Río Janeiro había diecisiete Casas de Hermanas, con un total de 40; de las
cuales solamente seis Casas estaban atendidas por los misioneros que, en número
de ocho, se ocupaban de levantar las cargas de estas capellanías y de confesar a
las Hermanas, a los 2.000 enfermos que había en sus Hospitales y a los 2.000
niños que había en sus Asilos y Orfanatorios.
En el Estado de Minas-Geraes había seis
Casas, de las que sólo las de Mariana y Diamatina recibían los cuidados y
atenciones de Los misioneros, que regían los Seminarios de estas Diócesis, en
los tiempos que les dejaban libres las clases y la dirección de los
seminaristas. Otro tanto ocurría con las dos Casas del Estado de Ceara. En el
Estado de Bahía había cinco casas, de Las que dos estaban atendidas por
capellanes del clero secular y tres por misioneros de la Casa Misión, que además
habían de confesar a los 700 niños y a los 240 enfermos que llenaban estas
Casas. En Pernambuco había cuatro Casas: el Hospital, los Niños Expósitos, un
Orfelinato y un Pensionado, con un total de 600 enfermos y 700 niños, atendidos
por dos misioneros y dos sacerdotes seculares. En total las Hijas de la Caridad
del Brasil eran 460 en treinta y cuatro Casas con 4.000 enfermos, y unos de
5.000 entre huérfanos y pensionistas. Todo este mundo estuvo confiado a la alta
dirección del Padre Maller desde 1853 a 1858.
En 1855, por renuncia del P. Moráis, uno de los pioneros de la Misión brasileña,
hubo de cargar con el Visitadorato de la Provincia; cargo que conservó hasta
1858, en que logró echarlo sobre los hombros del P. Lemant, quedándose él
únicamente con el superiorato del gran. Colegio-Seminario de Carassa.
Otros datos sobre la
estancia del P. Maller en Brasil
Están tomados del «O Centenario do Caraca,
18120-1920, por un Padre da Congregacaó da Missao", que no es otro sino el P.
Antonio Cruz, portugués, es un compendio o recopilación de lo escrito por el P.
Silva, C. M., Obispo que fue de Maranao (I, 1907-19181).
Según estos apuntes, el P. Maller llegó a Río
de Janeiro, procedente de Estados Unidos de América, el 1.9 de marzo de 1853 y
fue nombrado Superior de la Santa Casa de Misericordia y Director de las Hijas
de la Caridad; puesto que había desempeñado el P. Monteil, fallecido en 27 de
noviembre de 1852.
En octubre de 1853 va a Francia. El 21 de
mayo de 1854 vuelve de Europa. En noviembre de 1855, por renuncia del P. Moraes,
es nombrado Visitador del Brasil. En 1866 hizo la santa visita en Caraca. En
julio de 1858 pasa de nuevo visita a Caraca y queda como Superior de esta Casa;
siendo sustituido en el cargo de Visitador por el P. Lemant.
El autor de los «Apuntamentos» calificaba al
P. Maller como hombre de virtud muy austera. Parece que uno de los mayores males
de la Fundación de Caraca al llegar el P. Maller como visitador era el afán de
hacer nuevas construcciones en la casa. Tal vez eso explica por qué el P. Maller
fue tan parco en dejar recuerdos arquitectónicos y lo poco que dejó no brilla
precisamente por su buen gusto artístico.
Otro abuso que también trató de remediar era
el gran número de entradas y salidas que tenía la casa. Durante su estancia en
el Brasil tuvo el P. Maller frecuente correspondencia con D. Antonio Ferreira
Vicoso, C. M., Obispo de Mariana, sobre mil asuntos diversos. El Obispo le
encomendaba la confección de la «Epacta» y la redacción de cartas latinas que
reexpedía sin más enmienda.
“El P. Maller durante el cuatrienio de su
superiorato, dice el Padre Silva, fue siempre querido y venerado de todos y
principalmente de los que aman esta casa, probándose una vez más que Dios la
bendecía siempre que una administración sensata regía sus destinos. El nombre
del venerado Hijo de San Vicente, que murió siendo Visitador en su tierra natal,
nunca será olvidado en Caraca». (Rec. do Arch. Públ. mineiro.)
Aquellos que por su antigüedad más de cerca
pudieron aspirar el precioso perfume que le legó la fama de sus virtudes, de su
saber y de su admirable prudencia hablan, del P. Maller con la misma veneración
que cuantos le conocieron en París y en España y antes en los Estados Unidos de
Norteamérica, y reconocen en él a uno de los más valiosos elementos de que se
sirvió el P. Etienne para reconstruir la casi extinta Provincia del Brasil.
CAPITULO IV
En el candelero de París
El Colegio de Caraça gozó de gran prosperidad
y crédito bajo su gobierno. En 1861 había en él 200 alumnos y 32 seminaristas.
Sin embargo, insistía ante el P. General que le exonerara de toda Superioridad.
Este deseo, sin convertirse en obsesivo, llegó a convertirse en constante, «Ni
la Superioridad es buena para mí ni yo soy bueno para la “Superioridad”,
escribía en 1861 al P. Etienne, y agregaba: “Sólo le pido un rincón en cualquier
casa, en esta Provincia o en otra. Le ruego que me escuche».
El P. Etienne, en efecto, le escuchó, cuando
en este mismo año de 1861, elegido diputado por su Provincia, fue a París para
la Asamblea General, en la que dio tantas muestras de prudencia, conocimiento de
las cosas de la Compañía y amor a todas sus funciones, que el «rincón» que él
solicitaba se lo otorgó el P. General en la misma Casa Madre, asociándole al
gobierno de la Compañía con el título de Secretario para las Provincias de habla
española y de América. En sus cartas a los misioneros de estas Provincias podía
usar el “sello azul, propio del P. General, de suerte que automáticamente
quedaban con ella exentas de la inspección local”.
Cómo se ven desde París las cosas de
España.
Por su contacto con estos países y por el
conocimiento que tenia de sus respectivas lenguas, el P. Maller era el más
indicado para servir de intermediario entre el P. General y los misioneros de
estas dilatadas y lejanas provincias. De lo bien que cumplió este cometido da
idea el hecho de que años más tarde, siendo Visitador de la Provincia de España,
fuera elegido como Comisario extraordinario por los PP. Eugenio Boré y Antonio
Fiat para visitar en su nombre a todas .aquellas Provincias y la mayor parte de
ellas le pidieran de nuevo para que fuera su Visitador. Con quien más roce tuvo
fue con España, que por aquella época atravesaba una situación candente y
peligrosa a causa del tocado y hábito de las Hermanas españolas, bastante
distinto del de las francesas, que desde París se iban extendiendo por todo el
mundo, a medida que iban .plantando sus tiendas en todas las naciones de la
tierra. En esta cuestión estuvo inmerso, y en calidad de actor destacado, el. P.
Maller, durante más de veinte años, saliendo al cabo de ella más purificado y
más de Dios.
No quedaría completa su biografía si no la tocáramos, al menos en líneas generales, tarea harto espinosa y difícil por lo complicada, vidriosa y cargada de suspicacias, circunstancias éstas que nos obligan a tener por «tabú» esta cuestión y a tener que truncar este capítulo, pasando por alto el superior influjo del P. Maller en el gobierno de las dos Familias de San Vicente en España, durante sus seis años de París, que no es forzoso saltar, para contemplarle llevando directamente el timón de los misioneros e Hijas de la Caridad durante el azaroso y no menos glorioso período que va desde 1866 a 1898.
CAPITULO V
Historia esquemática
El P. Maller era el hombre reservado
por la Providencia para sacar a la Provincia de su ruina y ponerla en los
caminos de la prosperidad. Desde que llegó a Madrid se captó las simpatías de
todos los de dentro y de los de fuera, prosiguiendo la formación de futuros
misioneros que edificaban a todos, los ejercicios al clero de Madrid y de
Toledo, las santas .Misiones, etc. Hasta empezó y puso la primera piedra de un
templo a San Vicente de Paúl con limosnas de la Reina y de los socios de las
Conferencias. De esta época encontramos en su correspondencia los siguientes
datos:
La Revolución de 1868 cortó
los vuelos que iba tomando la Provincia bajo su sabia dirección y los misioneros
hubieron de tomar el camino del destierro, refugiándose novicios, estudiantes y
profesores en la Casa del Berceau, de donde era Superior el famoso. P Lacour. La
Comunidad española la presidían los PP. Valdivielso, Oriols, Arnáiz (Nicolás y
Eladio), Lladó etc. El P. Maller y otros se encaminaron a París. La Casa de
Mallorca siguió en pleno rendimiento.
La de Arenas de San Pedro logró sostenerse
durante un año. En Madrid quedaron como capellanes de las Hijas de la Caridad
los PP. Borja, Pla, Gómez (Inocencio), La Torre; en Valencia, los PP. Esteban y
Marcelino del Río; en Barcelona, los PP. Bosch, Fábregas, Alabau y Rivas, y en
Haro, los PP. Serrato y Herreros. En 1870, los del Berceau, a consecuencia de la
guerra franco-prusiana, para que los franceses fugitivos de París pudieran
albergarse, hubieron de dividirse en tres direcciones.
El primer grupo se encaminó, hacia
Filipinas, capitaneados por los PP. Valdivielso y Orriols, y lo componían los
PP. Miguel Pérez, Vicente Matamata, Espelt, Lacanal y Aniceto González con los
estudiantes Martín, Casado, Torres y Miralda y el Hermano López, que se
repartieron por las Casas de Manila, Cebú, Nueva Cáceres y Jaro. El Obispo de
Jaro les pagó el flete.
El segundo grupo se encaminó hacia
Cuba, y lo dirigía el P. Sainz. Componíanlo los PP. Robles, Atienza, Rojas,
Espinosa, López, Vila, Madrid, Villanueva y Mejías, ordenados el año anterior
por Mons. Delaplace, Vicario Apostólico de Tchekiang.
El tercer grupo se componía de dos
sectores estudiantes y seminaristas. Estos gobernados por el P. Arnáiz (Eladio),
se instalaron en la casa del párroco de Murguía, D. Gregorio de la Puente
mientras que los estudiantes, gobernados por el P. Nicolás Arnáiz y camuflados
de profesores, organizaron en Burgos un Colegio que prosperó hasta el centenar
de alumnos. En 1871 murió aquella lumbrera que fue el P. Nicolás Arnáiz, teólogo
del Obispo de Badajoz en el Concilio Vaticano, sustituyéndole su hermano, que
avanzó hasta Burgos con los seminaristas. El Gobierno adivinó la clerecía de los
profesores y disolvió el Colegio. La Comunidad se refugió en tierras navarras,
dominadas por D. Carlos. Un vocal de su Junta de Guerra, D. Dámaso Echevarría,
puso a su disposición su hermoso palacio de Datue, en Elizondo, donde
permanecieron hasta la restauración de la Monarquía, en 1876, en que se movieron
hacia Madrid. Con este paso empezó, la
Segunda restauración. No se pudo
recobrar la Casa de Leganitos, por lo que se hubo de comprar en 18.000 pesos, al
sacerdote Muñoz, la finca de los Cipreses, en donde, a medida que se iba
transformando la casa de los colonos en diversos departamentos, se iban
instalando los sacerdotes, los estudiantes y los novicios, que iban siendo
llamados de Elizondo por grupos. Desde 1875 a 1885 los novicios pasan de 11 a
65, y los estudiantes, de 9 a 70. Este aumento insospechado de vocaciones obligó
al P. Maller a pensar en la construcción de la
Casa Misión actual, grande y capaz,
que ha presidido el engrandecimiento de la Provincia en la época moderna y ha
sido la fuente que ha derramado la vida vicenciana por tierras de la Hispanidad.
El P. Valdivielso fue la mano derecha del P. Maller en una obra que es como el
remate de su gran obra de gobierno.
Las demás casas fueron renaciendo de
sus cenizas. Así Ávila que heredó a Arenas de San Pedro; así Badajoz y así
Teruel. Las de los Milagros, Palma de Mallorca y Barcelona cobraron nuevos
bríos, mientras que el Seminario de Sigüenza, el Colegio de Murguía, la
Apostólica y la Misión de Los Arcos y Tardajos en Burgos y por último, las Casas
de Andújar y Alfranca en Zaragoza venían a nueva vida y se engarzaban en el
Visitadorato del P. Maller. En una época revuelta y atormentada parecía que la
Provincia tenía bastante con el trabajo de sobrevivir. Sin embargo, todavía tuvo
arrestos para presidir y fomentar el crecimiento maravilloso de las Hijas de la
Caridad por tierras peninsulares y por las islas Canarias, Cuba y Filipinas y
para entregarse con éxito a las dos tareas primordiales de las Misiones y de los
ejercicios espirituales.
Las Misiones tuvieron épocas de
esplendor aun entre las revueltas. El P. Davíu salía a misionar en los pueblos
de Mallorca con un Franciscano, cuando él era el único misionero en la Casa de
los Venerables. Después de la primera restauración las reanudó el P. Bayó. La
Casa Misión de Arenas de San Pedro, en sus seis años de existencia -1862 a
1868-, dio unas cuarenta Misiones.
Desde 1878 a 1887 los PP. Sainz, Arana y
Pastoriza misionaron 35 pueblos en la Diócesis .de Albarracín y 43 en la de
Teruel. La más célebre de todas fue la dada unos años antes de la Septembrina,
en Orense, por los Padres Faustino Diez, Inocencio Gómez, Nicolás Arnáiz y
Eustaquio Santamaría. Hubo días en que el auditorio se compuso de 40.000
personas.
A continuación, mientras los otros misioneros
proseguían las misiones por otros pueblos, el Padre Arnáiz dio loe ejercicios
espirituales, en varias tandas, al clero orensano, presidido por el señor
Obispo. No es posible detallar la historia misionera de un período tan
accidentado. Basta escoger un año cualquiera: en 1877, dos años después de la
segunda restauración, siete ternas, con sus Hermanos respectivos -en total,
veintiocho misioneros-, salieron a misionar por tierras de Castilla,
Extremadura, Cataluña, Galicia, Aragón y Baleares. Los diez, pueblos misionados
en Toledo por los misioneros de Madrid arrojan en total 13.841 comuniones; los
nueve misionados por la terna de Palma, 7.850; los diez de Ávila, 6.730; los
nueve de Barcelona, 9.250, y los diez de Teruel, 5.914. Por fin, los diecisiete
misionados por la terna de los Milagros, 142.200 comuniones. El año misional de
1877 arroja, pues, un balance de 202.538 comuniones.
Para sostener el fruto de las misiones se
fundaban las Conferencias de Señoras y Caballeros y las Hijas de María. En Ávila
solían fundar la Corte de María para los jóvenes, y los Luises para «los
mozuelos», como los llama el P. Sainz. También dejaban funcionando las Escuelas
dominicales y las bibliotecas populares para difundir la cultura religiosa.
Si a las misiones agregamos los miles de
sacerdotes y seglares que en Madrid, Badajoz, Mallorca y Teruel -por no citar
más que los principales faros de la espiritualidad vicenciana- hicieron los
santos ejercicios, se echará de ver que ni los trastornos internos ni los
vaivenes de la política fueron parte a interrumpir la gloriosa tradición del
siglo XVIII, en que nuestros mayores asentaron los cimientos de nuestros dos
principales misterios.
Y como colofón de este período
permítaseme citar en este orden del día, que es nuestra historia, los
nombres gloriosos de los grandes misioneros, que se llamaron 'Faustino Diez,
Faustino Marcos, Juan Casarramona, Ramón Arana, Casimiro Arenzana, Azpilicueta,
Berrueta, León Burgos, Desiderio Bonafonte y tantos otros que están pidiendo una
pluma que cante sus gestas por los campos del apostolado popular.
En este esquema iremos insertando los hechos
más importantes de la historia interna y externa de la vida del P. Maller, en la
cual se reflejan no pocos acontecimientos de los hombres y de las cosas de
España y de la provincia misionera española de San Vicente de Paúl.
CAPITULO VI
Sin Casa
El esquema histórico que acabamos
de trazar quedaría incompleto e informe si no demostráramos a los lectores el
espíritu que el Padre Maller le iba infundiendo a la Provincia por medio de las
cartas con que iba dirigiendo y orientando su crecimiento. Ellas demuestran que
el sabio gobernante estaba en todos los detalles y que mantenía y dirigía los
hilos de loe acontecimientos. Diríanselas otro «Diario histórico».
Da vértigo recorrer el maya de los dos
hemisferios y comprobar que apenas hay ciudad o pueblo importante en España,
incluyendo las tres provincias insulares, que no le sirva para fechar una carta,
casi siempre dirigida a Madrid, muchas a Sigüenza, otras a Cuba o a Filipinas y
no pocas a los individuos de las diversas Casas, siempre ordenando, rogando,
orientando, alentando, exhortando y, muchas veces, dando noticias. Ni siquiera
al salir de España -y son a veces temporadas que van más allá del año deja el
timón ni huérfanos- de dirección a sus lugartenientes y misioneros o Hijas de la
Caridad.
Desde el eje europeo Argel-Dublín, pasando
por París, desde el americano -cataratas del Niágara, Santiago de Chile y del
Atlántico -Buenos Aires- Lisboa pasando por Río de Janeiro, se ven llover sobre
Madrid y, a veces, sobre París las flechas de su sabia y prudente
correspondencia que, sin más trabazón que la cronología, nos va a ir contando la
historia que el P. Maller iba tejiendo día a día en colaboración estrecha de sus
misioneros. En este capítulo el P. Maller nos contará la historia de la
Provincia. en el período tormentoso que va de 1868 a 1875, en que ella se mueve
al aire y al amparo de Dios.
Zaragoza 10.X.66.- El 29 de junio Dios
nos protegió de una manera maravillosa, lo que nos obliga a ser muy agradecidos
y a poner toda nuestra confianza en El sólo. Y bien necesitamos estar bien
fundados en esta confianza, pues los peligros no han desaparecido. Tememos, y no
sin fundamento, que uno de estos días vamos a ver escenas tan tristes como
aquellos. Dios tenga compasión de nuestra pobre España. En 1867 escribía al P.
Moral en Filipinas.
Sobre el estado de la Provincia. Las vocaciones aumentan y creo que se mejoran; sí, así vamos, creo que podremos salir honradamente de nuestros compromisos. ¡Alabado sea Dios por todo! En la Casa Central de Madrid hay mucha regularidad y muy buen espíritu. Las otras Casas poco a poco se van mejorando. Las misiones s