EL DÍA DEL SEÑOR Y LA EUCARISTÍA
Introducción
Originariamente los cristianos celebraban el sábado y el domingo: el sábado, porque la mayor parte de ellos procedían del judaísmo y habían sido educados en la Ley Mosaica que centraba su importancia en el sábado y porque veían que Cristo guardaba también el sábado, aunque se mostró “señor” del mismo (cf. Mc 2,28); el domingo, porque las apariciones del Señor resucitado comportaban la celebración especial del día en que iban sucediéndose estos acontecimientos. Poco a poco el domingo fue afianzándose en su primacía total y absoluta sobre el sábado desplazándolo completamente, de tal modo que no hay continuidad entre el sábado judío y el domingo cristiano ni en el contenido ni en el significado. Es verdad que el sábado preparó la historia y la novedad del domingo como regalo de Dios e iniciativa de Cristo resucitado; pero ésta es la pedagogía de Dios de la que no podemos desentendernos cuando nos adentramos en las diversas etapas de la historia salvífica.
1- Orígenes bíblicosNace el domingo como un día radicalmente nuevo y distinto, cuyos orígenes bíblicos atestiguan los mismos evangelistas: “pasado el sábado, al alba del primer día de la semana” (Mt 28,1), “de madrugada, el primer día de la semana” (Mc 16,2), “muy de mañana, el primer día después del sábado” (Lc 24,1), “el primer día de la semana” (Jn 20,1). Además, la peridocidad de los ocho días (cf. Jn 20,26) aumenta la fuerza bíblica del domingo como un hecho en su origen cristiano que se complementa con algunos textos del NT de carácter histórico y fidedigno: “el primer día de la semana, estando reunidos para la fracción del pan” (Hch 20,7); “los domingos poned aparte cada uno lo que consigáis ahorrar” (1Cor 16,2). Desde los mismo orígenes de la Iglesia y para los primeros cristianos, el día de la resurrección de Cristo inauguró el tiempo nuevo y su reiteración a ritmo semanal ha constituido el día del Señor con su celebración característica y central: la eucaristía.[1] El sentido de plenitud y la riqueza polivalente del domingo encierra una hermosa teología que se explicita en la variedad de sus nombres:
- “el día del sol”, denominación pagana que resultó fácil referir a Cristo desde el momento en que el simbolismo del sol fue aplicado al Mesías Salvador. “Si los paganos le llaman día del sol, nosotros lo reconocemos de buen grado, porque ese día el Sol de justicia resucitó” (San Jerónimo); - “el día primero” es la expresión bíblico-patrística que concede al domingo el pleno simbolismo de la nueva creación que es la resurrección del Señor; a nivel pastoral debe significar para el cristiano que es el día con el que se comienza la nueva semana;
- “el día octavo” expresa el sentido escatológico del domingo como el día de la esperanza y anticipación de la venida gloriosa del Señor; para el cristiano no es indiferente la tensión que nace de la esperanza, cuya firmeza alienta la celebración de la eucaristía dominical;
- “el día del Señor” (Ap 1,10) es el día que pertenece al Señor que invita al bautizado a encontrarse con Él en asamblea convocada por Él;
- “día de la resurrección” que indica más intensamente el carácter pascual del domingo para renovar la fe en la celebración gozosa de la presencia de Cristo resucitado porque “es el día que hizo el Señor para nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24);
- “sacramento semanal de la Pascua”, celebrando la Iglesia cada domingo el acontecimiento que unifica toda la historia de la salvación para mantener viva la conciencia de ser pueblo salvado por Dios;
2- Prioridad del domingo a la luz del Concilio Vaticano IIRecuperar el sentido del domingo como fiesta primordial de los cristianos fue uno de los objetivos de la renovación promovida por el Concilio Vaticano II. Puede resultar útil recordar el texto que recoge la Sacrosanctum Concilium sobre la teología del domingo, pues está redactado con finura doctrinal y, por añadidura, señala el sentido del día del Señor a nivel litúrgico y pastoral: “la Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón «día del Señor» o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que escuchando la Palabra de Dios y participando en la eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios. Por esto, el domingo es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también el día de alegría y de liberación del trabajo” (SC 106). La presentación esquemática de este número nos ayuda a clarificar varios aspectos:
· origen del domingo: divino y apostólico; · objeto del contenido del domingo: el misterio pascual; · reiteración estable: cada semana; · carácter de la celebración: comunitaria; · sentido de la Palabra de Dios y de la eucaristía: participación; · celebración del misterio pascual: memorial eficaz; · consecuencias de la celebración: fiesta primordial, día de alegría y de ausencia del trabajo;
Si bien es verdad, que por la fuerza de la tradición apostólica la celebración ininterrumpida del día del Señor ha permanecido en toda la historia del cristianismo, también lo es que no siempre se ha mantenido con el el vigor ejemplar de los primeros tiempos, llegando incluso a perderse la naturaleza y la primordialidad de la celebración dominical.[2] Por ello, el valor máximo que encierra el texto conciliar no es tanto la novedad, cuanto su perennidad.
3- El domingo, día de la Iglesia y de la comunidad cristiana Antes de ser el día que los cristianos reservamos para el Señor, el domingo es el ámbito festivo que Él nos regala como signo de su amor, ya que es el día que Cristo ha elegido para visitar a su pueblo y enriquecerlo haciéndose presente en su Iglesia por medio de la asamblea reunida, la persona del celebrante y la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía. A su vez, la Iglesia cree, reconoce, acoge y celebra la presencia del Resucitado para entrar en comunión con Él, motivo específicamente cristiano de alegría, de júbilo y de fiesta. De la misma forma que el domingo es esencialmente cristocéntrico y está organizado por entero en torno a la presencia de Jesucristo, quien celebra el día del Señor no es el cristiano individualmente considerado, sino la Iglesia visibilizada en cada asamblea cristiana, habida cuenta de que la resurrección es el acontecimiento fundante y originario de la Iglesia, cuya unidad es fruto de la gracia pascual.[3] Por esta razón, no es suficiente que el cristiano se sienta empujado a celebrar el domingo por motivos de matiz subjetivo o sentimental; es necesario que descubra su dimensión comunitaria y eclesial. Sin duda, esta referencia a la Iglesia y a la comunidad cristiana está con frecuencia muy debilitada -cuando no ausente- en quienes mantienen la práctica de celebrar el día del Señor. A través del domingo, la Iglesia va edificándose y creciendo como comunidad de fe que cree en Cristo presente en el centro de ella misma. Es por ello, que la celebración dominical es la oportunidad idónea para “saborear y vivir el misterio de la Iglesia” (cf. Juan Pablo II) consolidando la experiencia de fidelidad a ella mediante una progresiva afirmación de pertenencia a la misma. Es todo el cuerpo místico de la Iglesia en cada uno de sus miembros el que celebra la actualización del misterio pascual en el domingo, día en el que los signos con los que la Iglesia se presenta al mundo hacen que incluso los ajenos a ella perciban y descubran algo de su rostro. La asamblea cristiana está llamada a ser lugar de encuentro, de acercamiento, de superación de diferencias, de reconocimiento mutuo, de gestos de solidaridad, de signos de disponibilidad, de gratuidad de servicios y de comunión fraterna. De aquí brota la necesidad o quizás la urgencia de educar y de potenciar el sentido comunitario de la celebración dominical para reforzar en los fieles la experiencia renovada de fraternidad. Podría preguntarse cada comunidad parroquial: ¿qué imagen de Iglesia y de asamblea brinda al mundo al reunirse cada domingo?
4- La eucaristía, eje dominical La experiencia pascual de los discípulos del Señor marcó profundamente su comprensión de la eucaristía y la vincularon decisivamente al domingo. Desde los tiempos apostólicos, la “cena del Señor” (1Cor 11,17-34) o “la fracción del pan” (Hch 2,42-47; 20,7-8) celebrada en domingo es su eje fundamental y el centro de vida de las comunidades cristianas. Esta conexión entre domingo y eucaristía se mantendrá invariablemente en todas partes como día primordial para la celebración eucarística, porque el domingo es “el día del Señor, el día de la resurrección, el día de los cristianos; es nuestro día” (San Jerónimo). Con toda legitimidad puede afirmarse que la eucaristía concentra en sí todo el significado y todas las dimensiones del domingo, de tal forma que descubrir y vivir los valores de la eucaristía equivale a ensanchar la riqueza del domingo. La eucaristía, memorial y sacramento, ofrece a la comunidad cristiana la oportunidad de vivir con densidad lo que constituye objeto primordial de la celebración del día del Señor. El desarrollo orgánico de la celebración eucarística con su expresivo despliegue de signos que revelan la presencia del Señor resucitado, presenta el marco y el clima propicios para el encuentro sereno y distendido con Jesucristo, teniendo en cuenta que “nada de lo que se realiza en la eucaristía puede aparecer como lo más importante de lo que invisible -pero realmente- Cristo hace por la fuerza de su Espíritu”.[4] Desde el principio al final, toda la celebración de la eucaristía es una atrayente invitación a la fraternidad en la que la unidad eclesial y comunitaria es el primer fruto que se espera de ella, gracia y súplica que recoge la plegaria eucarística en sus distintas versiones. Cada domingo, los cristianos que forman una comunidad deberían renovar su compromiso de empeñarse en convertirla en auténtica fraternidad.[5] Desde el ángulo pastoral, ha de invitarse a los fieles a participar normalmente en la eucaristía de su comunidad parroquial de pertenencia a fin de cultivar los lazos básicos de unión humana para desembocar en la belleza de la unidad.
5- Problemática del domingo Aunque el programa renovador del domingo lanzado por el Vaticano II junto a otros documentos posteriores de la Iglesia han supuesto un importante avance en la celebración comunitaria de la eucaristía dominical, no deben ignorarse algunos problemas específicos respecto a este día en el mundo de hoy.[6]
* domingo-precepto-descanso En la mentalidad actual, el domingo es día de descanso, de ocio y de distracción para el cristiano hastiado del ruido y del agobio del trabajo, motivo por el que el domingo se transforma en trampolín de evasión personal y familiar. En este contexto sociológico, el domingo para muchos bautizados resulta ser un peso y un precepto sin fuerz que se traducen en actitudes de indiferencia, desmotivación y rechazo. Es obvio que en la eucaristía del domingo se percibe el resultado peyorativo de estos comportamientos generalizados que debilitan el sentido de asmblea celebrante y crean obstáculos para suscitar un nivel satisfactorio de participación celebrativa. No es fácil orientar la educación de la fe hacia el registro de saber conjugar precepto-descanso-sentido individual de la libertad de la persona y celebración.
* multiplicación de asambleas El hecho de facilitar a los fieles un número determinado de eucaristías durante el domingo, ¿indica que es el mejor servicio a la pastoral litúrgica de la asamblea? La dimensión comunitaria de la eucaristía difícilmente se expresa en la multiplicación de asambleas que no disponen de medios suficientes para mantener su vigor. Además, la diversidad de funciones y ministerios en la celebración domincial acorta visiblemente su capacidad de servicio al chocar con el número reducido de personas, cuya presencia proyecta una imagen fragmentada de asamblea.
* sabatización del domingo El hecho cada vez más extendido en muchos cristianos de cumplir el precepto dominical asistiendo a la eucaristía vespertina del sábado evidencia la pérdida creciente del sentido del día del Señor. Este fenómeno genera la cuestión de las consecuencias que se derivan de anticipar al sábado la participación en la eucaristía del domingo con el fin de disponer de toda la jornada dominical. ¿Es un valor indiferente el sentido del domingo cristiano sin conexión con la celebración eucarística en el día del Señor? ¿Habrá que encuadrar en el sábado el dinamismo pascual del domingo?
6- Hacia una revalorización del domingo
* desde la fe Más allá del precepto dominical, se necesita hoy recuperar el sentido cristiano del domingo en todo su sentido teológico, eclesial, litúrgico, pastoral y evangelizador desde las motivaciones de la fe para que ésta sea la constante que dirija la actuación de los fieles y el espejo de madurez de sus creencias. La dimensión específicamente cristiana del domingo sólo puede descubrirse y potenciarse desde la fe reflexionada, compartida y celebrada en el interior de la asamblea. Es un desafío que nos compromete a todos, pues cada cristiano en su condición de vida personal puede contribuir a renovar la vivencia del domingo revitalizando las convicciones de su fe.
* la catequesis Es imprescindible la catequesis seria y sistemática sobre el domingo cristiano con el objetivo de ayudar a descubrir los valores humanos, teológicos y espirituales de la celebración dominical, explicando también los diferentes elementos celebrativos a fin de despertar el deseo creciente de participar en la la celebración con interés, diginidad y reverencia. Es una tarea patoral analizar cómo se presenta la celebración del binomio domingo-eucaristía con todas sus dimensiones en el proceso de catequesis para niños, adolescentes, jóvenes y adultos.
Una catequesis correcta y adecuada a las distintas edades contribuye a centrar la importancia del día del Señor como necesidad vital de la asamblea cristiana y de las personas que la forman, necesidad que tiene raíces más hondas que el precepto legal y sus interpretación casuística.
* la mentalidad comunitaria Dífícilmente un cristiano apreciará la celebración del día del Señor si no ha descubierto el carácter comunitario de las celebraciones litúrgicas, de la asamblea dominical, de la vida liúrgica parroquial[7] y si no ha sido introducido en los signos catequéticos y litúrgicos que la Iglesia ha elegido para expresar el sentido de comunidad eclesial. Esta realidad invita a facilitar y promover la formación litúrgico-pastoral de los fieles con perseverancia y paciencia.
* el sentido de pertenencia Debe cuidarse con esmero este matiz relevante de la asamblea cristiana, puesto que el sentido de pertenencia a la propia comunidad se intensifica y consolida con la participación de cuantos la integran. Será oportuno cuidar y fomentar la necesaria conexión entre comunidad y referencia a la misma mediante diversas formas de implicación apoyada en la audacia pastoral.
Se habla fácilmente de la comunidad que celebra, pero el sentido del anonimato en una gran mayoría de cristianos es un hecho constatable. Nos movemos en la ardua tarea pastoral de presentar el domingo a los fieles, sabiendo que el lugar de reunión junto con su espacio celebrativo acaso sean el único contacto con la asamblea dominical, considerada con frecuencia lejana y transitoria. Se trata de valorar la plenitud del domingo a partir de la historia del pasado y del contexto de la sociedad actual.
* equilibrio entre ritualismo y creatividad Es un hecho que las frecuentes deformaciones en el modo de celebrar la eucaristía se repiten cada domingo hasta el punto de que tal vez ni siquiera es posible situar correctamente la verdad fundamental de que Cristo es el mismo y único sujeto, invisible pero real, de toda celebración cristiana en la que la Iglesia es sujeto visible y la asamblea, epifanía concreta que cree y celebra.[8] Si la celebración de la eucaristía gira en torno al sacerdote-presidente o al arbitrio caprichoso de un grupo es casi impensable que en ella convergan la vivencia de la comunión con Jesucristo, el deseo de conversión interior, la participación fructuosa y la respuesta personal hecha servicio gratuito. En la autenticidad del ámbito celebrativo eclesial, no son los laicos quienes “asisten” a la eucaristía que “celebra” el sacerdote, sino la asamblea conovocada por la fuerza congregadora de Cristo. ¿Cómo encontrar cauces de adaptación sin desfigurar la realidad ontológica de la eucaristía?.[9] Ni la rutina inmóvil ni la creatividad salvaje ayudarán a los fieles a comprender la eucaristía como acción de Cristo y de la Iglesia y como celebración en la que debe brillar más la dignidad que la solemnidad. Será necesario encontrar una sana fidelidad creativa, recuperando el binomio comunidad celebrante-pluralidad de ministerios para fortalecer la identidad comunitaria de nuestras eucaristías.[10] Por otra parte, la comunidad que se sabe destinataria y responsable de la acción litúrgica ha de ir cuidando la importancia del “antes” de la celebración eucarística a fin de que cada eucaristía dominical vaya adquiriendo un talante de identidad parroquial, de continuidad y de coordinación en las celebraciones. Desde esta perspectiva, surge la necesidad de crear y de formar equipos de animación litúrgica o un equipo coordinador de la liturgia en la parroquia que vaya haciendo partícipes a otros miembros de la comunidad parroquial en las acciones que realiza o proyecta. La formación bíblica, teológica y litúrgica ofrecida a estos equipos es una fructífera inversión pastoral que exige interés y estímulo.
* actitudes de los participantes en la eucaristía El sentido pleno de la participación en la celebración litúrgica se fundamenta y se apoya en el fuero interno del hombre que vive su fe celebrada comunitariamente, si bien necesita expresarla con elementos externos y signos visibles que están orientados a la interiorización de la espiritualidad litúrgica. La participación activa, consciente, plena, fructuosa, piadosa, interna y externa de los fieles en la liturgia que explicitó el Vaticano II (cf. SC 11; 21;48)[11] va más allá de la satisfacción de una celebración espectacular y efectista, puesto que las características señaladas en los textos conciliares deben ser la consecuencia de una disposición interior y de la actitud personal ante el acontecimiento de gracia que desea celebrar.[12] La verdadera participación visible requiere un conjunto de disposiciones interiores que corresponde fundamentalmente a las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Si la fe abre el camino para acceder al misterio a través de las cosas visibles y la esperanza ayuda a mirar confiadamente hacia el fin último de nuestra vida peregrinante, ambas desembocan en la caridad que tiene por objeto unir de modo inseparable al cristiano con Dios y al prójimo por amor a Dios.
El Concilio Vaticano II indica algunos elementos destinados a promover la participación de los fieles en la acción litúrgica para contribuir a reforzar las actitudes interiores,[13] aunque de hecho no constituyen por sí mismos la autétncia participación litúrgica; la expresan y la favorecen para cualificar la participación fundamental que proviene de la vivencia de las virtudes teologales.
Parece obvio que todas las personas que participan en la eucaristía dominical o en otras acciones litúrgicas ejerciendo un ministerio como servicio que añada diginidad a la celebración, deben tener la adecuada preparación y recibir la formación que aporta el sentido espiritual, litúrgico y pastoral de su cometido.
* la eucaristía unida a los valores vitales del cristiano La eucaristía dominical, experiencia viva de una comunidad creyente y núcleo de toda una vida realizada en cristiano, no es una celebración aislada, pues supone un proceso de evangelización y de catequesis de los valores cristianos que desemboca en un camino de vida hecho compromiso cristiano en la existencia humana. Por ello, desde la pastoral orientada hacia la eucarítía, la preocupación fundamental no debe centrarse en preparar eucaristías más o menos vibrantes, sino en proyectar la vida cristiana en comunidad conforme al estilo de vida de Cristo. No se trata sólo de celebrar bien la eucaristía dominical, sino de ir entrando gradualmente en la dinámica de una comunidad eucarística donde tiene cabida la fiesta, la gratuidad, la vida cotidiana, la acción socio-caritativa, la experiencia de la fraternidad y la fe que celebra a Jesucristo. El aprendizaje progresivo de incorporarse en la comunidad eucarística es el objetivo global de todas las acciones pastorales, tarea que exige dedicación y perseverancia. Sucede que es en la celebración eucarística donde se percibe la calidad del conjunto de la acción pastoral parroquial y en este sentido, puede decirse que la eucaristía dominical es el termómetro que señala la salud de una pastoral bien proyectada o tal vez mal realizada.
7- Sentido contemplativo y activo del domingo En la liturgia de la Iglesia existe una dimensión contemplativa y orante de las celebraciones que es necesario cultivar con exquisitez, inculcando a los participantes la actitud de silencio participativo, de escucha atenta, de recogimiento interior, de acogida y de asimilación de los misterios celebrados en signos visibles, tanto más elocuentes cuanto mejor expresen el significado que encierran. La liturgia tiene una dimensión descendente, puesto que Dios ha querido que unos actos visibles sean portadores de la salvación para la humanidad; y tiene también una dimensión ascendente, que es la alabanza personal y comunitaria de toda la Iglesia y que compromete a cada bautizado como miembro del Cuerpo místico de Cristo. Ambas dimensiones confluyen en toda celebración litúrgica realizada en las diversas comunidades cristianas que, a su vez, expresan la realidad eclesial concreta.[14]
También el domingo es el día en que la comunidad cristiana debe vivir con especial incidencia e intensidad el mandato del amor que nace de la misma eucaristía y que invita a la acción comprometida en sus diferentes modos y a distintos niveles. Puede deducirse lógicamente que la eucaristía bien celebrada, no sólo por la significatividad de los ritos y por la participación externa de los fieles, sino -sobre todo- por la vivencia densa de encontrarse con Dios en la asamblea dominical, desemboca en la disponibilidad, en la iniciativa, en la corresponsabilidad y en el convencimiento de servir a los demás. Es la dimensión activa del domingo que hunde sus raíces en la certeza de sentirse enviado con el respaldo de la asamblea dominical .[15] La liturgia contiene muchos elementos formativos y doctrinales, pero la celebración de la eucaristía dominical no es una “lección” semanal de cosas ni la animación litúrgica tiene como función aumentar las explicaciones para dar razón de todo. En el interior de la eucaristía dominical debe dejarse el espacio suficiente para lo que Juan Pablo II denominó “la sorpresa de Dios”, de tal manera que las eucaristías sean menos “catequizantes y más orantes”.[16] Que los fieles comprendan los ritos y los textos es importante, pero no lo es menos que se consiga un intenso ambiente orante y un ámbito de interioridad para que Dios hable a los fieles en la celebración eucarística, puesto que ella misma es un acontecimiento de gracia que se manifiesta en cada asamblea concreta uniéndola a la universalidad de la Iglesia en oración. La hondura de la vivencia en la celebración de la eucaristía dominical marcará el estilo de las comunidades como signo característico de la fe, esperanza y caridad del cristiano que envuelven toda su vida: “Pasando toda nuestra vida como en una fiesta, persuadidos de que Dios está en todas partes, trabajamos cantando, peregrinamos al son de himnos y nos dedicamos a nuestras ocupaciones felices de sentirnos salvados. El cristiano que realmente lo es, camina constantemente con Dios; está siempre grave y alegre; grave por el respeto que debe a la presencia de Dios y alegre porque reconoce los bienes que Él le regala sin merecerlo”. [17] [1] El domingo y la eucaristía comenzaron a estar unidos desde el comienzo de las primeras comunidades cristianas. Impresiona leer el acta auténtica del martirio de aquellos 38 hombres y 18 mujeres de Abitinia en el norte de África que pagaron su fidelidad a la celebración dominical con el martirio el 12 de febrero del año 304. El testimonio nos ha llegado a través de la hermosa expresión de Emérito en cuya casa se había celebrado la eucaristía. Al preguntarle por qué no lo había impedido contestó : “sine dominico non possumus” = “no podemos vivir sin celebrar el día del Señor”. Fueron “mártires del domingo”. (cf. Ruiz Bueno, Actas de los mártires, BAC, Madrid 1968, pp. 981-984). [2] Durante los primeros siglos, el domingo era día de trabajo para todos, incluidos los cristianos. Con el emperador Constantino se introdujo el término “reposo” unido al domingo para permitir a todo el Imperio la posibilidad de dar culto a Dios. Desde el s. V, la Iglesia impuso la obligación de santificar el domingo para asistir a la eucaristía, si ben la relación directa entre santificar el domingo y no trabajar este día no se formuló hasta el s. VI. A partir de esta época, varios teólogos de la Edad Media buscaron razones teológicas para justificar la obligación de la misa identificándola con la santificación de la fiesta. En el s. XV se aumentó esta obligación con el agravante de pecado mortal. El Papa León X (1513-1521) la oficializó, realidad que afectó a la teología litúrgica y pastoral del domingo, pues del día del Señor y su intrínseca dimensión comunitaria se pasó a un precepto individual de índole moralizante.
[3] A la luz del origen bíblico del domingo donde se encuentran los relatos de las apariciones de Cristo, se adivina la fuerza convocadora y congregadora del Señor, comenzando la Iglesia a agruparse y a constituirse como nuevo pueblo de Dios en torno al Resucitado. [4] Juan Pablo II, Carta apostólica Vicesiums quintus annus, 4-diciembre1988, nº 10.
[5] “Sin embargo, ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la eucaristía, por la que debe comenzarse consiguientemente, toda educación en el espíritu de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad, a la mutua ayuda, a la acción misional y a las diversas formas de testimonio cristiano”. (Decreto “Presbyterorum ordinis”, 6). [6] La XV Semana de Teología Pastoral, celebrada recientemente en Madrid y convocada por el Instituto Superior de Pastoral con el título “La celebración cristiana, una reforma pendiente”, se ha centrado en la reflexión sobre la tarea pastoral de recuperar la vitalidad de las comunidades cristianas entorno a la celebración de la Palabra y de la Eucaristía como acciones centrales de la Iglesia, teniendo en cuenta lo nuevo y diverso que confluyen en las circunstancias actuales de la vida de los cristianos. [7] “Hay que trabajar para que florezca el sentido comunitario parroquial, sobre todo en la celebración común de la misa dominical” (SC 42). [8] “Aunque en nuestro tiempo no faltan quienes estiman que están al día sólo si pueden presentar novedades a veces extravagantes o inventar formas arbitrarias de celebraciones litúrgicas..., sepan los sacerdotes que en la fidelidad generosa e irremovible a la voluntad de la Iglesia, expresada en sus directrices, normas y esctructuras, está el secreto del éxito pastoral duradero y santificador”. (Instrucción “Actio pastoralis”, 15-mayo-1969, nº 11). “Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica posconciliar, por un malentidido sentido de creatividad y de adpatación, no hayan faltado abusos que para muchos han sido causa de malestar... Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la eucaristía y éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en la que se celebran los Misterios”. (Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, abril-2003, n. 52).
[9] “Por lo mismo, que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia” (SC 22 & 3). “En las celebraciones, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y solo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28).
[10] “El fracaso de muchas celebraciones es fracaso de comunidad. Sin exigencia comunitaria no es posible sustentar una buena liturgia a largo plazo, ni tan siquiera con un buen celebrante. O se forma una comunidad o la liturgia es pura rutina de cumplimiento”. (Casiano Floristán, Teología práctica. Teoría y praxis de la acción pastoral, Sígueme, Salamanca, 1993, p. 635). [11] “En la revisión de los libros litúrgicos téngase muy en cuenta que en las rúbricas esté prevista la participación de los fieles” (SC 31).
[12] Participar no es sinónimo de “intervenir”, de “actuar” o de “ejercer” algunos ministerios laicales (monitor, lector, salmista, cantor/es...). El hecho de participar en la eucaristía no consiste sólo en estos aspectos externos. Se trata fundamentalmente de incorporarse en la celebración eucarística con actitudes internas y de índole espiritual. Si el cristiano no se sumerge en la vivencia del misterio, la participación se reduce a intervencionismo visible y superficial que invita a la distracción de la asamblea y que, en algunas ocasiones, no dista mucho de un protagonismo subyacente.
[13] “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, el sllencio sagrado” (SC 30). [14] Todavía quedan algunos ecos de la visión medieval que consideraba la liturgia más como un espectáculo de ceremonias y de ritos para ser contemplados pasivamente que como una verdadera oración de toda la Iglesia, Cabeza y Cuerpo, en la que el cristiano se reconoce alcanzado por el designio salvífico de Dios revelado en Jesucristo y renovado por la fuerza del Espíritu Santo. [15] Creo que éste es el marco adecuado para situar la generosidad de la aportación económica de los fieles con motivo de las diversas jornadas eclesiales, diocesanas y parroquiales.
[16] Alocución de Juan Pablo II a un grupo de Obispos franceses de la región mediterránea con motivo de su visita “ad limina” (8-marzo-1997).
[17] Clemente de Alejandría, Los Stromata 7, 7. 23.
ESPIRITUALIDAD DEL AÑO LITÚRGICO Introducción
El ser humano necesita celebrar días y fiestas que interrumpen el trabajo y que a la vez le ofrecen la apertura a lo transcendente. Por esta razón, todas las religiones primitivas han trazado una clara distinción entre el tiempo profano y el tiempo sagrado, apareciendo desde muy antiguo calendarios que combinaban lo festivo con el aspecto cíclico según los ritmos de la naturaleza y del año solar o lunar. Tanto en el pasado como en el presente, el año es la unidad de tiempo más constante y definitiva para enmarcar la actividad humana, pues las otras unidades (día, semana y mes) reciben su razón de ser en relación con el año. Por ello, el año es el período con mayor entidad propia y natural, porque es la medida del tiempo con referencia a las leyes de la astronomía. La sucesión de fiestas y de tiempos perfectamente enmarcados en el cuadro de un año no existía en la conciencia de la primitiva comunidad cristiana. Las dos colecciones más antiguas de formularios de la misa de la liturgia romana[1] no nos permiten asegurar una organización de todo el año litúrgico que sea anterior al s.V, si bien, desde el punto de vista histórico, el domingo y la Pascua son las dos fiestas de tradición apostólica que constiuyen el primer fundamento y el origen de la organización del año litúrgico. De hecho, la celebración semanal y anual de la Pascua era la única celebración durante los primeros siglos.
1- El año litúrgico celebra a Jesucristo Ha sido mérito de la Sacosanctum Concilium haber puesto de relieve que la liturgia es la historia de la salvación en acto y presencia real de quien es su síntesis, fundamento y culmen: “Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).[2] A esta Constitución conciliar se debe también la acertada aportación de enfoque respecto a la centralidad del misterio pascual como clave de comprensión que ilumina y da sentido a todas las demás acciones celebrativas y sacramentales, incluida la Liturgia de las Horas. Desde esta óptica, celebramos los acontecimientos de la historia de la salvación a la luz del misterio pascual porque en él están contenidos todos los misterios que la Iglesia celebra a través del año litúrgico.[3]
Concentrando toda la historia de la salvación en Jesucristo, principal celebrante viviente y presente en la Iglesia, ésta centra su atención en Él de forma sistemática y ordenada en el despliegue del año litúrgico, realidad temporal en la que se conmemora ampliamante la historia salvífica al ser proclamada, orada, celebrada y actualizada. El año litúrgico es el desarrollo y la síntesis del misterio de Cristo que consiste en la misma salvación que Él revela progresivamente al mundo y en la cual convoca a toda la humanidad a entrar en comunión con Él durante el año litúrgico que la Iglesia ha estructurado. Este misterio de Cristo es sacramento de salvación que, aunque perdura eternamente en su entidad y ha sido realizado de una vez para siempre, es participado en el tiempo por los hombres, quienes a través del año se unen a la victoria de su salvación celebrada en días determinados.
2- Horizonte del año litúrgico A modo de un tratado conciso, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia dedica el capítulo V al “Año Litúrgico” y comienza con esta afirmación: “la Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo... Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo” (SC 102). La reforma del año litúrgico propuesta por el Concilio Vaticano II ha devuelto claridad de visión y coherencia interna a todo el conjunto de celebraciones, manteniendo la Pascua en el centro de todas ellas.[4] El año litúrgico celebra sólo y siempre el misterio de Cristo que se ha revelado y realizado en el tiempo y en la historia, aunque el año litúrgico ha ido desarrollándose históricamente mediante una programación que no responde estrictamente a un conjunto de datos cronológicos, sino a un criterio en el que se combinan éstos con el ritmo celebrativo de la historia de la salvación,[5] cuya totalidad en sus diversas proyecciones de pasado, presente y futuro el año litúrgico subraya con matices significativos. En realidad, el tiempo de la Iglesia es la continuación de la historia salvífica que proclama las maravillas de Dios en favor de los hombres de todos los tiempos. En este sentido, el año litúrgico celebra las grandes acciones de Cristo en las que la voluntad salvífica de Dios se manifiesta y se realiza haciendo resonar su constante actualidad. ¿Cómo ha ido gestándose la configuración del año litúrgico?. Primero, la Iglesia celebraba cada domingo; a partir de mediados del siglo II eligió uno para festejar solemnemente la Pascua en referencia con el plenilunio de primavera; muy pronto la gran vigilia pascual se amplió con el triduo pascual y éste fundamentará una prolongación de la fiesta durante cincuenta días y creará también la Cuaresma como un tiempo de preparación; más adelante, la fiesta de Navidad junto a la Epifanía provocará la aparición del Adviento en relación con ella y con la última venida gloriosa de Cristo; por fin, la progresiva fijación de otras fiestas del Señor, de la Virgen María y de los Santos completarán el cuadro del año litúrgico.
3- Itinerario espiritual del año litúrgico Sería impensable que solamente una vez en la vida pudieran celebrarse las maravillas de Dios plasmadas en la historia de la salvación. La historia concreta y experiencial de la Iglesia -como la de todo bautizado- es progresiva y en ella se inserta la vida litúrgica anual que vuelve cada año al cumplirse el círculo de los meses, si bien el tiemplo litúrgico cristiano no es el eterno retorno de las estaciones ni una monotonía de repetición de acciones celebrativas, sino la oportunidad de vivir intensamente el continuo paso del Señor resucitado por la vida de cada cristiano, por la trayectoria de cada comunidad eclesial y por la renovación permanente de la totalidad de la Iglesia. Como un río subterráneo y un hilo de oro, la hondura vivencial de los misterios cristianos atraviesa la historia de la espiritualidad del año litúrgico: está presente en la predicación de los Padres de la Iglesia, en las experiencias espirituales de autores medievales, en las expresiones de la vida monástica y en la mística de muchos santos que testifican la irradiación del misterio de Cristo presente en las celebraciones a lo largo del año. Esta extensa trayectoria indica la acción constante y gratuita de Dios y la actitud de docilidad interior con la que el cristiano se deja moldear por los misterios celebrados como acciones sobrenaturales en las que Dios cita al hombre de fe.[6] Pertenece a la expresión de la liturgia de la Iglesia la iniciativa de presentar a sus fieles todo el arco del misterio de Cristo en su más completa exactitud. Debemos mirar el año litúrgico como el ámbito vital en el que se celebran la eucaristía y la Liturgia de las Horas, los sacramentos y sacramentales, las celebraciones de la Palabra y la reflexión de la fe en la catequesis, las devociones y la religiosidad popular. La dimensión festiva de todas ellas manifiesta que el año litúrgico es la espiritualidad (mistogogia) anual de la Iglesia para el pueblo de Dios. El año litúrgico como itinerario espiritual constituye una valiosa ayuda para contemplar y seguir las huellas de Cristo porque el círculo del año cristiano deja su influencia mediante dos vías: la sacramental y la ética, la iniciativa gratuita de Dios y la colaboración esforzada del hombre. La vertiente sacramental celebra y conmemora los misterios para que los fieles se llenen de “la gracia de la salvación” (SC 102), puesto que el misterio de Cristo actualizado crea un encuentro entre Dios y la asamblea reunida en la celebración litúrgica. En la vertiente ética se verifica la imitación de Cristo como Maestro supremo, la de María, la de los mártires y los Santos como “ejemplos oportunos para la imitación de los fieles” (SC 111).
4- Finalidad pedagógica del año litúrgico La Iglesia presenta esta espiritualidad programada en diversos libros (misal, leccionarios, rituales, bendicional, etc.). La abundancia y diversidad de textos bíblicos, patrísticos y litúrgicos cuidadosamente seleccionados junto a los diferentes gestos simbólicos, signos y ritos constituyen una auténtica pedagogía para la celebración del misterio cristiano. Es cuestión de descubrir y plasmar la pedagogía celebrativa que contienen para que la vida del hombre se incorpore a la celebración, toda vez que la liturgia es la escuela más eficaz de fe y de espiritualidad de la Iglesia (cf. Pablo VI), “la fuente primaria y necesaria donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14). Se trata, no tanto de ver el año litúrgico como una espiritualidad programada, cuanto de unificar nuestra vida espiritual en la plena docilidad a cuanto celebramos para permanecer siempre abiertos a la voluntad de Dios, traducida ésta en el amor y en el servicio al prójimo necesitado. De esta forma, la espiritualidad del año litúrgico se convierte en cauce de continuo crecimiendo de la vida espiritual inseparable de la acción caritativa y apostólica.
5- Lo nuevo y lo idéntico del año litúrgico Lo que la Palabra anuncia y la teología explica, la liturgia lo celebra en clave de fe para que toda la asamblea, participando “plena, consciente y activamente en las celebraciones litúrgicas” (SC 14), entre en comunión y comunicación con Cristo[7] por la experiencia vivencial de los misterios celebrados y vierta después su compromiso de apostolado y de evangelización en la propia existencia humana. En la espiritualidad del año litúrgico, única y al mismo tiempo necesaria, la Iglesia nos invita a plasmar en la vida cotidiana la síntesis de las mismas realidades que celebramos en los diversos “tiempos”. Es la consencuencia de la armoniosa conjunción “liturgia y vida” que da sentido completo a la vida humana a través de estos tiempos ritmados y de estos momentos celebrativos. En el doble ritmo de contemplación y de actividad pastoral, cada acción litúrgica es a la vez apertura reverencial al misterio y compromiso responsable. Por ello, la celebración personal y comunitaria del año litúrgico pide continuidad en la vida expresada en gestos de solidaridad social y eclesial. La riqueza espiritual del año litúrgico no es abstracta ni desencarnada, sino concreta porque se expresa en lecturas bíblicas, textos, oraciones, ritos, símbolos, cantos, signos, gestos... En este sentido, la peculiaridad litúrgica de las celebraciones en cada momento del año son siempre para todos los bautizados, pero no como la llegada de acontecimientos estáticos, sino como un dinamismo de conversión y de comunión permanentes para la Iglesia, para las comunidades cristianas y para los celebrantes. Para saborear esta espiritualiad que en cada Adviento renueva su dimensión trinitaria, eclesial y antropológica, es necesario tener presente que el misterio de Cristo debe ser vivido con nuevo entusiasmo, con mayor hondura espiritual y con madurez creciente de la fe, a fin de que cada año litúrgico tenga un sabor diferente para quienes se disponen a vivir el ciclo completo del misterio salvífico. La unidad entre celebración y trabajo, contemplación y compromiso, liturgia y vida configura la espiritualidad que es el principio inspirador de la vivencia del año litúrgico en cada una de sus solemnidades, fiestas, memorias y conmemoraciones. Esta espiritualidad promueve el sentido de pertenencia a la Iglesia, abre los horizontes a su universalidad geográfica y despierta la capacidad de compartir el don de la fe. En el año litúrgico se esconde una perenne novedad que oscila entre lo idéntico y lo nuevo: idéntico en la objetividad inmutable del hoy eterno de Cristo y nuevo en la actitud receptiva de la celebración en el hoy de nuestra historia. De esta forma, los aspectos que acaso han pasado inadvertidos durante un año determinado pueden ser esmeradamente cuidados y más profundizados en otro.
6- Algunos valores del año litúrgico Se acostumbra a decir que el final de un año litúrgico desemboca en el propio comienzo para volver a iniciar la misma celebración; sin embargo, esto no indica que es un círculo agotado en sí mismo, sino una línea continua y temporal que desgrana sus valores inherentes en la acción de la Iglesia, en la espiritualidad cristiana y en la vida interior de los bautizados.
* bíblico El año litúrgico constituye una permanente presentación orgánica, coherente y adecuada de la riqueza insondable de la Palabra de Dios, avalada también por su dimensión histórico-salvífica. Importa mucho familiarizarse vitalmente con el contenido y el mensaje de los textos bíblicos que, a su vez, deben resonar en las moniciones y en la homilía. Se adivina que no está fuera de lugar la responsabilidad que comporta para los sacerdotes esta valoración bíblica del año litúrgico ante la profundidad creciente en la fe del cristiano.
* doctrinal En el despliegue de las diversas fiestas del año litúrgico tiene el presidente de la celebración la responsabilidad de ser el educador cualifiado del contenido doctrinal de la fe con la finalidad de hacer del misterio de Cristo una verificación de cuanto los cristianos profesan personal, comunitaria y eclesialmente.
* catequético A lo largo del año litúrgico responsablemente vivido y celebrado, el bautizado tiene la oportunidad de completar una adecuada formación catequética proveniente del contenido del kerigma cristiano proclamado en la Palabra de Dios y en otros textos de la celebración litúrgica, contexto idóneo para la garantía de la revelación.
* pastoral Cada fiesta litúrgica tiene su teología que es necesario captar a partir de los textos eclesiales y que no son tan sólo un cúmulo de doctrina, sino la gracia concreta de comunión con el misterio que se nos ofrece en el marco del año litúrgico. Cada tiempo anterior o posterior a la Pascua expresa y transmite su mensaje de salvación y de liberación en toda su riqueza a través de la Palabra proclamada, de la oración de la Iglesia, de los ritos y de los símbolos. En este sentido, forma parte de la formación litúrgico-pastoral de los fieles conocer: · los Leccionarios y sus criterios para la selección de las lecturas bíblicas;[8] · las oraciones, los prefacios y los textos del Misal y de la Liturgia de las Horas (himnos, antífonas, preces, secuencias); · los ritos que se realizan en fiestas determinadas o en celebraciones concretas que ayudan a comprender el mensaje y el contenido del misterio (algunas ritualizaciones son significativas); · el significado de los símbolos y de los signos, cuyo lenguaje contemplativo completa lo que la Palabra anuncia, no tanto lo que las palabras explican; Lo mismo que la reflexión de la fe en la catequesis tiende a ser celebrada como momento esperado, cuya celebración debe ser preparada, también las fiestas del año litúrgico nunca deben ceder a la improvisación. Vivir el año litúrgico impregnándose de su espiritualidad exige orientar los mejores esfuerzos hacia el deseo de hacer partícipe a la comunidad cristiana con talente gozoso, festivo y comprometido. Acaso el desafío consiste en una amplia capacidad de motivación por parte de los sacerdotes como educadores en la oración y en la vida espiritual a través de la tarea pastoral y catequética a fin de ir penetrando en la verdadera espiritualidad contenida en el año litúrgico que celebra la alegría de la Iglesia en el encuentro con su Señor. En este sentido, es preciso superar el hecho frecuente y desintegrador entre la espiritualidad del año litúrgico y las devociones espirituales de cada cristiano. Si la liturgia encarna el momento fuerte de la oración eclesial por ser la plenitud formal de toda evangelización,[9] esto significa que la espiritualidad del año litúrgico descansa en el contenido salvífico del misterio de Cristo, lo cual supone que no es fragmentaria ni devocionalista, sino integral en la educación vivencial de la fe. Cuando se contempla en su perspectiva completa y se profundiza en su contenido, el año litúrgico es, sin duda, uno de los grandes tesoros de la Iglesia dentro de todo el proceso de diálogo salvífico de Dios con los hombres. En el ámbito de la fe cristiana sería más acertado ir concienciándose de que la historia de la salvación llega hasta nosotros en concreto mediante el despliegue temático del año litúrgico, porque la Iglesia concentra ritmadamente la eficacia de la gracia de Cristo en cada ciclo anual que la liturgia -latido vital de la Iglesia- ofrece a los cristianos. Por ello, el modo de injertarnos en el contenido de los misterios salvíficos de manera profunda y responsable consiste en seguir y vivenciar en nosotros la espiritualidad del año litúrgico.
LA CELEBRACIÓN COMUNITARIA DE LA RECONCILIACIÓN 1- Intencionalidad del Concilio Vaticano II En los años anteriores al Concilio Vaticano II se comenzó a insistir en la pluralidad de formas de la Penitencia, volviendo la mirada a las que han existido históricamente:[10] “revísense el rito y las fórmulas de la penitencia, de manera que expresen más claramente la naturaleza y efecto del sacramento” (SC 72). En este breve párrafo el Concilio manifiestó su deseo de una reforma que tuviera como finalidad hacer más clara la significatividad de la celebración de este sacramento. Pablo VI nombró una comisión para que estudiara el rito de la Penitencia y el modo de presentarlo a la Iglesia como celebración sacramental. Después de varios años de elaboración revisada por diferentes grupos y comisiones, el nuevo Ritual de la Penitencia se publicó en su primera edición típica el 4-febrero-1974. Los criterios que se siguieron para llevar a cabo esta reforma se basan en la doctrina eclesial del mismo Concilio y en la reforma litúrgica posconciliar: - centralidad del misterio pascual; - sacramentalidad trinitaria: misericordia de Dios, redención de Cristo y acción santificadora del Espíritu Santo; - toda la Iglesia colabora en la conversión y en la reconciliación del penitente; - revalorización de la Sagrada Escritura; - el pecado es ofensa a Dios y a la Iglesia; por tanto, el penitente se reconcilia con Dios y con la Iglesia en la celebración de este sacramento; - realce de la dimensión comunitaria del bautizado-pecador y del pecado; - nobleza y dingidad del rito sacramental; - concepto del sacramento como un proceso de conversión permanente, no como un acto aislado; - circularidad entre Penitencia y Eucaristía; Consciente de recuperar y ofrecer nuevos caminos de la celebración sacramental de la Penitencia, el Concilio dio un gran paso que se fundamenta en el contenido esencial de este sacramento en vista a expresarlo adecuadamente a través de un rito que la Iglesia ha estructurado para la celebración personal y comunitaria.
2- Penitencia, conversión y celebración En los avatares de la historia de este sacramento han existido concepciones deficientes que han dejado una imagen disfigurada en la vida sacramental. La más lamentable ha consistido en reducir la integridad del sacramento a una parte del mismo, la confesión, olvidando así los elementos más importantes del rito penitencial. En esta misma perspectiva se ha confundido la reconciliación con la dirección espiritual en el interior de la misma celebración sacramental. Por otra parte, muchas veces las actitudes del pentiente se han quedado en una simple tranquilidad psicológica para su conciencia. Que la Penitencia sea un sacramento significa fundamentalmente que no se trata sólo ni principalmente de la acción humana del penitente que desea arrepentirse y convertirse de sus pecados, sino -sobre todo- de la acción mediadora de Cristo que aplica la fuerza de su muerte y resurrección al pecador. A modo de motor fundamental de la vida cristiana, la conversión es el elemento central de los actos del penitente y de ella depende la autenticidad de la penitencia que, como virtud, es una constante en la vida del cristiano. Esta conversión a la que Dios invita de forma creciente, tiene su mejor manifiestación en el rito de este sacramento. Se trata de la celebración[11] de un sacramento en el que se une esta doble acción humano-divina expresada a través de determinados actos y gestos[12] que expresan la presencia sacramental de Cristo y la conversión del cristiano en el camino de vuelta constante a Dios. El hecho de cuidar los signos celebrativos contribuye a ser una de las tareas pastorales más pedagógicas para adentrar al penitente en su actitud de conversión constante dando a la vida cristiana su más auténtico carácter penitencial de renovación desde el interior.[13] Para el cristiano, el sacramento de la Penitencia es un encuentro gozoso de reconciliación del pecador con Dios, quien suscita la conversión en la fuerza transformadora del Espíritu Santo por la mediación salvadora de Cristo a través de la mediación de la Iglesia que hace visible esta acción sacramental para significar el perdón de Dios y la gratuidad ilimitada de su amor.
3- El rito sacramental de la Penitencia según el Ritual de Pablo VI El Ritual de la Penitencia presenta tres modos de celebrar este sacramento, tres posibilidades que van en orden decreciente: rito para reconciliar a un solo penitente, rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual y rito para reconciliar a muchos penitentes con confesión y absolución general. La intencionalidad teológico-sacramental del Ritual es clara: por una parte, la primera forma es la prioritaria y la más expresiva (“forma típica”);[14] por otra, cualquiera de las tres maneras debe celebrarse con la dignidad que requiere el acto sacramental. Los valores sacramentales de la segunda forma (celebración comunitaria de la Reconciliación) son: mayor expresividad de la dimensión comunitaria del pecado y de la Penitencia, celebración más completa de la Palabra de Dios y permanencia del elemento personalizador de la confesión individual. Este modo de celebrar la Penitencia viene a ser una síntesis de los otros dos, porque pretende unir equilibradamente dos aspectos fundamentales: persona y comunidad, responsabilidad personal y dimensión comunitaria. La misma estructura celebrativa por todos conocida explicita esta doble vertiente de la conversión-reconciliación resaltando: el proceso de conversión personal, el ofrecimiento de la misericordia de Dios al penitente, la dimensión social y eclesial del pecado, el perdón fraterno, la reconciliación con la Iglesia, la perspectiva comunitaria y la plegaria de súplica y de acción de gracia en común. También encierra algunas limitaciones: impresión de ruptura del ritmo en el momento de la confesión individual, rapidez y superficialidad en el encuentro sacerdote-penitente, impaciencia por la prolongación de toda la acción celebrativa, imprevisión del número de penitentes.
4- El sacramento de la Reconciliación a examen La crisis de la celebración del sacramento de la Reconciliación contradice el fruto que se esperaba a partir de la promulgación ya lejana del Ritual de la Penitencia. No parece que los fieles celebren este sacramento actualmente de manera asidua y con mucha convicción ni tampoco parece haber arraigado en ellos con mayor profundidad que hace unos años. Aún reconociendo esfuerzos y caminos de adaptación surge la pregunta: ¿fracaso y decepción tras la búsqueda de soluciones por parte de la Iglesia o abandono de este silencioso ministerio por parte de los presbíteros? Con frecuencia se han seguido dos sendas quizás algo desacertadas: la organización de celebraciones comunitarias de este sacramento en vez de atender con paciencia a cada penitente dedicando una parte notable del tiempo personal; la opción de invitar a los fieles hacia esta modalidad ante el rechazo que manifiestan respecto a la confesión personal cada cierto tiempo. Es necesario insistir con la misma intensidad en el espíritu penitencial y en la significación del sacramento de la Reconciliación, pues el proceso de conversión del cristiano es un camino progresivo de madurez en la fe que culmina en el sacramento de la Reconciliación (o del Bautismo). Acaso el esfuerzo pastoral deberá centrarse no tanto en soluciones de tipo práctico cuanto en lograr una verdadera profundización teológica, eclesiológica y espiritual de la penitencia y de su celebración.
5- Tiempo litúrgico apropiado para la celebración comunitaria de la Penitencia Si toda la vida del cristiano tiene su apoyatura en la fe y en la penitencia (cf. SC 9), significa que el contenido de estos dos cimientos debe ser auténticamente vivido y sacramentalmente bien celebrado. Esto refleja la conversión diaria del cristiano sin la cual no existe verdadero seguimiento evangélico. Por ello, la misión de la Iglesia es proclamar la fe e invitar a la penitencia. La Iglesia, que no puede vivir sin hacer penitencia durante todo el año, celebra y ofrece los frutos del sacramento de la Penitencia a largo del año litúrgico para todos los bautizados.[15] En cuaresma la Iglesia intensifica la certeza de que Cristo se pone a nuestro lado para empujarnos hacia la caridad y en Pascua subraya que Cristo nos estira para ser más perfectos. Es hacia el final de la cuaresma, tiempo penitencial por antonomasia dentro del ciclo litúrgico, el momento idóneo para la celebración de la Reconciliación en su segunda modalidad que ha de tener una fuerte incidencia personal y comunitaria a raíz de la resonancia pascual. Con todo, la celebración individual y la comunitaria del sacramento de la Reconciliación deben considerarse modalidades complementarias, nunca contrapuestas ni excluyentes, pues la complementariedad contribuye a ensamblar el valor celebrativo del sacramento y la necesidad de la conversión y de la reconciliación, toda vez que el sacramento de la Reconciliación, lejos de ser una práctica piadosa o una acción devocional, siempre es un proceso destinado a renovar la vida baustimal del cristiano. [1] El Sacramentario Veronés del s. V y el Gelasiano que se constituye en el s. VII, aunque ambos recogen materiales anteriores a esta época histórica, tienen estructuradas las fiestas y los tiempos cristianos con bastante independencia del año civil.
[2] Cristo es siempre el mismo sol en las fases progresivas y unitarias de su único misterio, de tal modo que podemos confesar con las celebraciones de la Iglesia que Cristo es nuestro pasado, presente y futuro salvíficos. (cf. Odo Casel, El misterio del culto cristiano, Ed. Dinor, San Sebastián, 1953, p. 171).
[3] “El misterio pascual de Cristo no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte y todo lo que Cristo es y todo lo que Cristo hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y así domina todos los tiempos y en ellos se mantiene eternamente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida”. (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1085).
[4] Algunos estudiosos de la liturgia opinan que la estructura del año litúrgico no se divide en varios tiempos fuertes, sino en la preparación y prolongación de la Pascua. Por tanto, no habría más que “un tiempo pascual y otro no-pascual”.
[5] La celebración de la Pascua tiene un fudamento histórico y cronológico que la sitúa en el marco de las celebraciones de la primavera con referencias históricas al momento de la pasación, muerte y resurrección de Cristo. La celebración de la Navidad, aunque conmemora un hecho histórico, no tiene una clara referencia a la época del año en la que nació Cristo. En consecuencia, los aspectos de orden cósmico quedan supeditados a los valores salvíficos, por lo que el año litúrgico celebra los acontecimientos históricos de Cristo no tanto en su materialidad histórica, sino en cuanto signos eficaces de salvación.
[6] “La sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión” (SC 9; cf. Rom 10,14-15). [7] Cf. SC 11; 21; 48. La “participación activa” no es sólo realizar acciones externas o ejercer algunos ministerios (lector, salmista, monitor, cantores...) o intervenir en momentos concretos, sino se trata principalmente de la participación interior como disposición personal. Si el cristiano no es capaz de una vivencia personal del misterio que se presencializa en la acción litúrgica, entonces la participación se reduce a intervencionismo visible que en ocasiones raya con la teatralidad efectista. Es indudable que el encuentro personal con Cristo siempre es a nivel de fe. [8] “A fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura” (SC 51). A partir de la reforma litúrgica del Vaticano II, la importancia de la Palabra de Dios en la eucaristía dominical ha sido distribuida en tres años, de tal forma que la Iglesia ha dispuesto una serie de lecturas en un ciclo trienal.
[9] “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza, pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor” (SC 10). [10] La Iglesia antigua ha conocido tres formas de penitencia en el interior de otras estructuras: la penitencia-conversión en la Iniciación cristiana de adultos, la penitencia-reconciliación en la Penitencia canónica y la continua conversión en diversas formas celebrativas y también no sacramentales. [11] “El penitente celebra junto con el sacerdote la liturgia de la Iglesia que se renueva continuamente”. (Ritual de la Pentiencia, Prenotandos, nº 11).
[12] En la celebración de la Penitencia se realiza un conjunto de gestos expresivos que es necesario distinguir su diferencia y categoría. Gestos fundamentales de la celebración: las palabras de la absolución sacramental por parte del ministro (culmen de la celebración), la confesión de los pecados y la manifestación del dolor del penitente a través de una fórmula oracional por parte del penitente. Gestos complementarios: saludo, invitación a la contricción, imposición de manos (o al menos, de una), señal de la cruz y fórmula de despedida o de acción de gracias. Gestos obligatorios: la invitación a la contricción, la confesión de los pecados, la aceptación de la satisfacción y la absolución sacramental. Gestos libres: la salutación, la lectura de la Palabra de Dios (recomendada), la exhortación del ministro y la fórmula de acción de gracias.
[13] “Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios; pero en cuanto signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo supunen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y gestos; por esto se llaman sacramentos de la fe” (SC 59). [14] El sacramento de la Reconciliación, por su propia naturaleza, es el menos comunitario de todos y, por ello, su celebración es personal, pues lo central es el bautizado-pecador, no la Iglesia santa que realiza el gesto sacramental en las diversas modalidades que presenta el Ritual de la Penitencia: “siempre que los ritos, cada cual según su propia naturaleza, admitan una celebración comunitaria con asistencia y participación activa de los fieles, incúlquese que hay quepreferirla en cuanto se posible, a una celebración individual y casi privada” (SC 27). [15] Una cosa es la necesidad de una vida penitencial y de conversión permanente (virtud de la penitencia) a causa de la fragilidad humana y otra muy diferente es la exigencia de seguir un proceso penitencial que reconoce la ruptura de la fe y por ello el cristiano desea celebrar el sacramento de la Reconciliación que, en sentido estricto, responde a una situación personal que implica la muerte de la presencia de Dios en la vida cristiana y la ruptura con la comunidad eclesial. |