Homilía. Funeral del P. Juan Lucena (21 de enero de
2006)
Queridos familiares del P. Juan Lucena, querido Don
Manuel, Vicario General de la Diócesis de Jaén, sacerdotes de la ciudad de Andújar y de la Congregación, queridos feligreses y amigos todos.
Nos encontramos aquí, en esta Parroquia de la “Divina Pastora”,
con el corazón lleno de tristeza, pero también de alegre esperanza y profunda
gratitud al Dios de la Vida.
«Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu» (Lc 23, 46).
Las palabras de Jesús, su última
invocación al Padre desde la cruz, nos guían en estos momentos en los que
estamos reunidos para dar el último “adiós” a nuestro querido Padre Juan
Lucena. Ayer tarde, desde el “Hospital Reina Sofía” de Córdoba, partía hacia la Jerusalén
celestial, después de unos meses de enfermedad
que se fue agravando a causa del
deterioro de sus riñones. En las mismas tierras cordobesas que le vieron
nacer (fue en Espejo, hace 75 años) ha vuelto a ver “la luz”; ahora, la luz que
no conoce el ocaso, la luz de Cristo resucitado.
La muerte de Jesús en la cruz abre a cada
hombre que viene a este mundo, y que de este mundo parte, un océano de
esperanza. «Expiró», dice el evangelista (Lc
23, 46; Jn
19, 30). Este último suspiro de Cristo es el centro de la historia, que
precisamente en virtud de él es historia de la salvación. Quien
muere en el Señor es «feliz ya desde ahora» (Ap
14, 13) porque une su expirar al de Cristo, con la esperanza segura de que
«quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos
presentará ante él» (2 Co 4, 14).
La Sagrada Escritura
nos recuerda que para morir en el Señor es preciso vivir en el Señor,
confiando diariamente, momento a momento, en su gracia y esforzándose por
corresponder a ella con todas las fuerzas. Vivir en el Señor. ¡Cómo no dar
gracias a Dios en este momento, mientras nuestro corazón sufre por la muerte
del P. Juan, por
el testimonio de fidelidad que nos deja! Durante su vida, nos dio un
ejemplo luminoso de seguimiento de Cristo. Sí, esta Eucaristía que celebramos
juntos es, ante todo, acción de gracias por el don de un cristiano y un
sacerdote que con gran discreción, con la humildad propia de un vicenciano, edificó la Iglesia y la Congregación
de los Padres Paúles en los diferentes ministerios que se le confiaron.
En efecto, fue precisamente en este mismo
lugar, aquí estaba entonces situado nuestro seminario menor, donde él inició su
preparación para el sacerdocio. Fue en 1943 y él había cumplido 13 años. Tras
ocho cursos en esta casa, pasó a nuestro seminario de Hortaleza,
en Madrid; posteriormente, a Cuenca. El año 1955, fue ordenado sacerdote por
Monseñor Emilio Lissón, obispo paúl. El P. Juan, después de su
ordenación, pasó algún tiempo en Londres, donde recibió el destino a Filipinas.
Con el fin de prepararse en inglés para el ministerio de formación del clero
filipino, fue a los Estados Unidos. Allí estuvo hasta el año 1958. Ese año
llegó a Filipinas, siendo su primer destino el Seminario Menor de la diócesis
de Cebú. Después de unos años enseñando humanidades a los seminaristas menores,
pasó al Seminario Mayor de la
misma Diócesis de Cebú donde desempeño el oficio de director
espiritual. Hacia el año 1965, fue destinado de nuevo al Seminario Menor con el
cargo de Superior. Regresó definitivamente a España el año 1968.
Juan Lucena ha concluido su vida en esta
ciudad de Andújar. Aquí arrivó,
procedente de Filipinas, hace 38 años. Aquí trabajó en la formación de nuestros
apostólicos, conjugando el ministerio de la enseñanza con las tareas
pastorales. Primero, como párroco en Higuera de Arjona; después, como vicario
en la parroquia “San Bartolomé”, en la que ha estado trabajando desde el año
1987. Aquí estáis muchos de los que participabais en sus eucaristías, a los que
os administró los sacramentos, con los que compartió muchas horas de su vida. A
varios de vosotros él os acompañó, también, en los momentos de dolor ante la
muerte de vuestros seres queridos; Juan oró por vuestros difuntos y por
vosotros. Estáis aquí mostrando agradecimiento por su vida sacerdotal,
entregada por vosotros, y para presentar plegarias a Dios Padre.
Queremos unir con ese fin nuestra oración
a la oración de todos aquellos que ahora están acordes con nosotros.
Reconocemos que, a pesar de las imperfecciones humanas, siempre presentes en la
vida de quien es peregrino aquí abajo, nuestro querido P. Juan fue un buen sacerdote,
un verdadero misionero, que pasó por este mundo en silencio, como de puntillas,
pero “siempre haciendo el bien”.
El P. Juan Lucena, sin embargo, con su modestia
característica, nos invita a no detenernos en su persona, sino más bien a
dirigir nuestra mirada al misterio: «¿Por qué buscáis
entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado » (Lc 24, 5-6). Hoy, el Señor nos invita a hacer
nuestras las palabras del apóstol Pedro: «Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la
resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una
esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible» (1
P 1, 3-4).
Con profunda tristeza hemos acompañado al
P. Juan durante
estos últimos días. Le hemos visto
abrazado a la cruz del dolor y del sufrimiento. Hemos llorado y hemos
rezado. Nuestro hermano nos pide que lo acompañemos con la oración mientras
realiza el paso de este mundo al Padre. Desde aquí, y desde otros muchos
lugares, seguiremos rezando al Dios de la misericordia por su eterno descanso.
Al mismo tiempo estamos contentos y agradecidos. Sí, damos gracias a Dios por
la vida de Juan, por su sacerdocio, regalo para la Iglesia y para la Congregación
de la Misión.
Podemos estar seguros de que nuestro
querido P. Juan
se encuentra ya en el cielo, nos ve y nos bendice en silencio. Nosotros
confiamos su alma a la madre de Dios, su madre, quien le ha guiado en la tierra
y le guiará ahora a la gloria eterna de
su Hijo.
Ojalá
que, sostenido por la maternal intercesión de Santa María, bajo las
advocaciones de “Divina Pastora” y “Virgen Milagrosa”, «alcance la meta de su
fe, la salvación de su alma » (1ª P. 1, 9). Que «rebose de alegría
inefable y gloriosa» (1ª P. 1, 8), contemplando finalmente, y para
siempre, a Aquel que amó en la tierra sin verlo: a Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.