HOMILÍA EN EL FUNERAL DEL P. JACINTO FERNÁNDEZ.
Queridos sacerdotes concelebrantes, queridos familiares del P. Jacinto y queridos hermanos todos.
Al celebrar esta eucaristía, damos gracias al Padre por la vida de nuestro querido Padre Jacinto que, al mediodía de ayer, entregaba su alma al Señor en la enfermería de esta casa Central. Se nos ha ido el veterano de la Provincia, un misionero entregado amorosamente al servicio de la misión de Cristo en la Congregación de la Misión.
La vida de todo cristiano es una llamada que nos hace Jesús a seguirle, en medio de los gozos y pesares de la vida. Cada uno la concreta de una manera personal y va respondiendo a ella ayudado por la gracia de Dios, que nunca nos abandona.
El P. Jacinto nació el año 1911 en Yélamos de Abajo, un pueblecito de Guadalajara. Su vocación cristiana se concretó con su ingreso en la Congregación. A los 10 años, se trasladó a la Escuela Apostólica de Alcorisa (Teruel). Un 14 de septiembre de 1926 ingresó en la C.M., en Hortaleza (Madrid). Hizo los santos votos el 29 de agosto del 1929 en Villafranca del Bierzo (León), en donde estaba cursando los estudios de filosofía y teología, pasando a Potters Bar (Inglaterra) y más tarde a Roma para ampliar sus estudios en Derecho Canónico, donde obtuvo el doctorado.
Fue ordenado sacerdote de la C.M. en la Basílica Mayor de San Juan de Letrán de Roma el año 1937. El nuevo sacerdote escribe desde la casa internacional della Missione de Roma al P. Silvestre Ojea: “Fui por fin ordenado Sacerdote el sábado pasado, 18 de diciembre. La ceremonia tuvo lugar en la Basílica de San Juan de Letrán. Éramos 39 nuevos sacerdotes. Hoy, día 20, he dicho mi primera Misa en el silencio de las catacumbas de San Calixto, en la Cripta de Santa Cecilia. Ha sido mi primera oración por Franco y por España”.
El P. Jacinto ejerció, por muchos años, como profesor de derecho canónico en nuestro seminarios mayores: en Potters Bar; pero, sobre todo, en Cuenca, donde permanece durante nueve años. Desde Cuenca pasó, en 1949, a la Casa Central, como ayudante de la Secretaría del Visitador, P. Ojea. El año 1969 deja España para ir a trabajar en la Curia Generalicia; y, más tarde, perteneciendo ya a la Provincia de Roma, se centra en el servicio a los presos de lengua española, como capellán.
Los que le tuvieron como formador dan fe que fue un “gran profesor”, un experto jurista en el Derecho Canónico de la Iglesia y en el de la Congregación, sobre todo en el tema de los “privilegios”. Nos ha dejado, también, numerosas publicaciones. Además de buen profesor, fue un “excelente misionero”, que se distinguió en su predicación por la claridad en las Doctrinas y Pláticas de Misión.
Participó en la Misión de Valencia, Bilbao, Sevilla... Él fue quien elaboró los “Estatutos de la Hermandad Misionera de San Vicente”. Podríamos decir que se movía en su vida por este doble polo de atracción: el rigor del canonista y el peso atractivo de la bondad. Tenía un corazón tan bondadoso, tan inocente, que se dejaba convencer, y aún engañar, como un niño.
En septiembre del 1986, dejó Roma y llegó definitivamente a España, a nuestra Provincia; aquí ejerció su ministerio sacerdotal como confesor en la Basílica. Últimamente, el P. Jacinto, ya retirado, se encontraba asistido en nuestra enfermería de la Casa Central. Entre las últimas imágenes que me vienen a la mente del P. Jacinto, quiero recordar una. Se trata de la de ese hombre menudo y encorvado, con el libro de las Horas bajo el brazo, saliendo de la enfermería a la capilla y de la capilla a la enfermería. Su breviario “manejado y manoseado”, subrayada cada una de las palabras del salterio, podría pasar como una pieza curiosa de nuestro archivo. Detrás de todo esto, se escondía un misionero austero y sencillo, devoto y piadoso, observante de las Reglas y cumplidor de las normas de Comunidad, un hombre afectuoso con los que le han cuidado y visitado mientras ha permanecido en la enfermería.
No puede ser tan claro que con su muerte se haya acabado todo. Porque el P. Jacinto ha vivido con amor, con fidelidad, con rectitud, con dolor, con entrega. Y todo eso, toda su vida, no puede ir a parar al vacío de la intranscendencia más absoluta. Estamos hechos para compartir la vida de Dios aquí y más allá de nuestra muerte. Todas las relaciones que tejemos a lo largo de nuestra vida – relaciones de respeto, de confianza, de amistad, de afecto – todo eso no puede morir ni desaparecer porque, mediante todas esas relaciones, participamos ya en el amor de Dios, que es la vida. Creemos que, al morir, la persona no cae en el abismo del absurdo, sino en el abismo de Dios. Jesús nos dice que somos servidores. Nuestro servicio a Cristo, evangelizador de los pobres, se lleva a cabo sirviendo a nuestros hermanos: “Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo”.
A esta mesa del Padre, ya ha sido invitado definitivamente nuestro hermano Jacinto, sacerdote y misionero paúl. Al corazón del Padre, que prepara y sirve a esa mesa, encomendamos a nuestro hermano. Y queremos que en la muerte de nuestro hermano Dios sea glorificado y servido. Démosle, pues, gracias por su larga vida entre nosotros, 93 años. Pidamos al Padre que nada de todo el bien que hizo en su vida el P. Jacinto se pierda.
Hoy se convierten en realidad las palabras del libro de la Sabiduría (3,1-6): “la vida de los justos está en manos de Dios”. “Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado”.
Sintámonos llamados, también, a orar, a manifestar a Dios nuestro deseo y nuestra esperanza para que el P. Jacinto pueda entrar, liberado de toda culpa, en la luz gozosa de su Reino, en la casa del Padre; porque este Dios “quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (Sab.3,9). D.E.P.
Joaquín González, C.M.